8 de diciembre de 2011

Una noche cualquiera

por: chava munguía


El trabajo siempre es sinónimo de infortunios y tribulaciones. Mi semana laboral había sido dura, pesada, excesiva, fuera de casa. Varios días en pueblos polvorosos y de forajidos lo confirmaban. Anduve en lugares que a Don Vasco se le olvidó pasar: Nueva Italia, Arteaga, Infiernillo. La noche del sábado creí que el destino tomaría un mejor camino. No fue así. Cuando cayó el tercer gol del Santos, confirmé que la vida era ingrata, muchas veces injusta y siempre miserable.

La derrota del Morelia presagiaba otra noche amarga y dolorosa. No creo en los milagros y la esperanza es una palabra vacía. Como no tenía intenciones de seguir flagelándome, apagué el televisor sin importar el reclamo de mis invitados. Éstos se retiraron con caras largas y mal humoradas. Mi madre me pidió que la llevara a su casa. Le pedí que antes brindáramos por los derrotados, por los perdedores, por Leonard Cohen que era lo único que sonaba tan bien a esas horas. Sin embargo, ni el whisky, ni Cohen, ni la compañía de mi madre logró mitigar la tristeza, la apatía, mi cansancio.

El reloj marcaba las 2:30 de la madrugada cuando mi madre me pidió por segunda ocasión que la llevara a su casa. Se me hizo una insensatez el favorcito de mi madre, pero no dije nada. Nos deslizamos en el chevy guinda 2005 por avenidas y calles. Cruzamos vías de tren, esquivamos topes y pozos. Llegamos y nos despedimos cariñosamente. De regreso, un poderoso sueño se apoderó de todo mí ser. Suelo dormir poco y mal. De día padezco narcolepsia y de noche insomnio… aunque no siempre. Esa noche, un sueño arrollador hacía que se me cerraran los parpados, no había obstáculo que lo superara. Ni siquiera el volante. Parpadeé en el primer semáforo. En el segundo. En el tercero, unos desalmados me despertaron con un claxon escandaloso. Bajé las ventanas para mentarles la madre y para tratar de alejar la somnolencia. Mastiqué un chicle de hierbabuena. Respiré hondo. Canté en voz alta. Nada. Manejaba dormido. Hablaba con espíritus de otros mundos. Quise descansar unos minutos en una calle cualquiera. Un taxi con tres tipos se estacionaron muy cerca de mí. No me dieron buena espina. Si en el día somos fingimiento, por las noches somos los monstruos que siempre hemos sido. En la noche es más fácil reconocer un cazador que una presa. No hay que ser perito para saber que yo era la presa. Encendí el chevy guinda 2005 y avancé. Lo mismo hicieron ellos. Pisé el acelerador. Lo mismo hicieron. Di vuelta a la izquierda, después a la derecha, vire por aquí, me desvié por allá. Lo mismos hicieron ellos. ¡Malditos, me habían quitado el sueño!... No había tiempo de hacer llamadas. La policía a esas horas duerme, los otros son espectadores del delito.

Aceleré hasta el fondo sin mucho éxito, venían olfateándome la nuca. Le metí la tercera, después la cuarta y por último la quinta, intenté repetir el procedimiento cuando un coche abandonado se interpuso en mi camino. El impacto fue devastador. No había a donde escapar. La liebre a merced de las aves de rapiña.

Mientras mi cabeza estaba incrustada en el parabrisas, lo único que recordé fueron los cachetes sonrojados de Nico, mi hijo. Enseguida los malandrines me bajaron del auto. Uno se puso al volante. Los otros vigilaban. El chevy estaba inservible y no pudieron llevárselo. Me subieron a su auto. Dentro, volví a entrar en penumbras. No soñé nada. Tuvieron la mala educación de volverme a despertar. Uno de ellos apuntaba mi cara ensangrentada con una pistola del tamaño de la mano de un enano. Les di mi cartera, el reloj y mi celular. Me gritaron, me insultaron, me amenazaron. Me reí de ellos. Recibí una cachetada de una mano sudada y cobarde. No sentí miedo, no sentía nada. Me bajaron. Caminé sin dirección alguna. Una patrulla se acercó para “cerciorarse” si todo iba bien. “Todo bien” -dije. “Y esa sangre”, “me caí en una coladera”, contesté y seguí mi camino. En la plaza Carrillo tomé un taxi. Le pedí al chofer me llevara al lugar del accidente. El chevy estaba desecho por fuera, saqueado por dentro. Algo me perturbaba, ¿dónde carajos estaba la maleta de Nico?, ¿qué harían unos asaltantes de pacotilla con pañales, biberones, baberos, sonajas, chupones?, ¿con qué derecho se llevaban la carreola con la que mi hijo sale a pasear a los centros comerciales? ¿Qué sentimientos gobiernan las cabezas de estos hombres? ... Me sentía totalmente destruido y vulnerable…

Eran las 4 de la mañana. Antes de ir al hospital fui a casa a pedirle una disculpa a Nicolás por no haber sido capaz de rescatar sus cosas. Hizo pucheros cuando lo desperté y la vida volvió a cobrar sentido y dirección. Después me fui al hospital civil. Llegué al área de urgencias y me sentí ridículo. Caminé entre balaceados, acuchillados, zombis, tuertos, cojos, moribundos. A mí solo me dolía un poco la cabeza y el cuello. Tenía vidrios diminutos enterrados en la frente que no me molestaban pero que tampoco eran estéticos. En realidad, lo que me importaba era el reporte médico, no tenía ganas de trabajar la semana entrante y necesitaba una justificación.

Dos jóvenes enfermeras me limpiaron la frente, extrajeron con mucho cuidado los vidrios enterrados, después me tomaron la temperatura y por último revisaron los niveles de glucosa. Para entonces, unos hilitos muy delgados de sol comenzaban a salir. Ante la falta de espacios, me sentaron en una camilla con una señora vieja que no dejaba de quejarse. Me pregunté por qué no había acudido a un hospital particular. Despejé mis dudas: preocuparse demasiado por la salud personal es vanidad absurda.

Una enfermera morena y de malos modales me pidió que me bajara el pantalón. Me negué rotundamente. “No le estoy preguntando, bájeselo o se lo bajo”. Una aguja se introdujo en lo más recóndito de mi nalga derecha. Fue como si me hubieran inyectado una ponzoña venenosa. Lo acepto, soy un cobarde y las inyecciones me producen escalofríos. Enseguida me mandaron hacer radiografías en cuello y espalda. “Tiene usted una rectificación en columna y un esguince en el pescuezo”, dijo el doctor como si se refiriera al averío de un vehículo viejo. “Le vamos a poner este collarín rígido”. Me faltarían palabras para describir el dolor que sentí al tener ese artefacto conectado al cuello. Estuve en “observación” el resto del día. El dolor no cesaba y los mareos eran insoportables. Por la noche del día domingo fui dado de alta. Me sentía aun mareado y torpe. Maldije a los asaltantes y a las madres que los parieron. Maldije al equipo Morelia. Maldije el instituto donde trabajo. Maldije al cielo.

Llevo cuatro días en “reposo absoluto”. Soy una molestia para todos. Un cuerpo inútil y bueno para nada con un collarín en el pescuezo que me impide voltear a ver mujeres hermosas. Lamento no poder cargar a Nico… La pregunta es: ¿hasta cuándo?, los charlatanes o los doctores –es lo mismo- dicen que por lo menos un mes…carajo, odio este puto collarín.

24 de octubre de 2011

Puga


-¿Cómo te llamas?

-Puga.

-¿Puja?

-Puga, con “ge” –contesta la muy perra, orgullosa.

-Deberías llamarte Deyanira, Casandra, Alexandra, Daena, Kimberly…Puga no es el nombre para ninguna puta. Puga suena a nombre de algún taller de refacciones.

-Deja de hacerme perder el tiempo, ¿qué quieres?

-Nada, platicar con alguien.

-Véte a un café, aquí se viene a coger.

-Te voy a pagar, da lo mismo.

Puga respira hondo. Se asila el pelo hacia atrás con ambas manos. Busca y luego saca un cigarrillo blanco de una billetera dorada colgada de uno de sus hombros. Da tres caladas, rápidas.

-¿A qué te dedicas? –pregunta Puga.

-A matar gente –contesta el otro.

-Jaja…. sí como no… con esa no pinta no matas ni una mosca –dice divertida la tal Puga.

-No necesito que me creas.

Puga no para de fumar. El humo se estrella contra la cara del sicario.

-Pareces banquero…. mejor dicho, cajero de banco –dice Puga.

-Jaja….vaya, vaya... Que te parece si nos vamos de esta pocilga. ¿Cuánto cobras por irte conmigo?

-Tendrás que arreglarte con ese panzón que está sentado ahí –Puga apunta a un tipo bofo con aspecto de abandono, de profundas y negrísimas ojeras y semblante cansado.

La suma queda en mil doscientos. El hombre le advierte dos cosas:

-El pago equivale a una hora. Si hay otro cabrón, habrá que pagar más -dice sin siquiera voltear a ver la cara de su cliente-. El hombre gordo está por decir algo, duda, tartamudea y finalmente agrega: nada de mordeduras o cosas raras.

Equis se queda pensando en lo de “cosas raras”.

-Entendido –contesta, y se retira.

Toma del brazo a Puga y se largan de ahí.

El motel se llama El Eclipse. Se les asigna la habitación 6. Puga echa un vistazo y corre con prisa al baño. Al salir, equis le pide a Puga que se quite la ropa. Ella obedece. Puga posee una belleza sencilla. Tiene la tez blanca; los pechos flácidos, grandes, salpicados de pequeñas pecas. El vientre lo tiene marcado por sensibles estrías, que con un poco de imaginación se puede apreciar la imagen de un continente, de un país. Tiene depilado por completo el sexo. Lleva las uñas de los pies pintadas de verde limón, parecen luciérnagas asustadas. Equis ni siquiera merece ser descrito. Solo diremos que es un tipo gris. Es de esas personas que te encuentras a diario y al día siguiente lo vuelves a ver y nadie lo recuerda.

-Ahora vístete de nuevo. –Puga hace cara de sorpresa. Intenta decir algo, pero se detiene. Recoge las bragas del suelo y se las pone. Lo mismo hace con el sostén. Se sienta en la cama, a un costado de él. No se dicen nada. Permanecen largo tiempo en silencio. Puga busca la billetera dorada, saca un cigarrillo y se lo lleva a la boca.

-No fumes, por favor, me molesta el humo.

Puga no hace ningún gesto. Se deja el cigarrillo en la boca y guarda el encendedor en la billetera.

-Sabes que se siente matar a alguien –pregunta equis.

-No –contesta con voz suave Puga.

Hay un largo silencio. Afuera, en la calle, se escucha el murmullo de los autos.

-¿Me vas hacer algo? –pregunta Puga carente de emoción.

-¿A qué te refieres con algo?

-¿Me vas a matar? –pregunta Puga, sin miedo.

-Sí, pero hoy no, quizá mañana.

-No has cambiado nada, eres el mismo pero con lentes y con menos cabellos.

-Y tú luces más hermosa que hace diez años.

Puga suelta un largo suspiro. Él continúa:

-Diez años buscándote.

Otro silencio. En la habitación continua se escuchaban tímidas risas. Risas preliminares al jadeo, al choque de carnes, al escándalo de la humedad.

Puga se tira en la cama, boca arriba. No piensa en nada. Estira el brazo y busca a tientas tocar alguna extremidad de equis. Logra entrelazar los dedos de ella junto a los de él. Equis le mece los cabellos tiernamente de arriba hacia abajo y viceversa, hace pequeños círculos, todo muy despacio.

-¿Quieres que te la chupe? –pregunta Puga.

-Sí, pero hoy no, quizá mañana.


21 de agosto de 2011

El Parto




La madre de la criatura rompió aguas cerca de las 9 de la mañana. Al menos eso era lo que creíamos. Era 18 de agosto. Era una mañana caliente del verano californiano, a 103 grados fahrenheit. Es una obligación de un hombre común y corriente maldecir al cielo cuando no hay nubes en el horizonte, y eso hice. Manejé desesperado en una ciudad desconocida. Entramos al hospital a las 10. Un par de enfermeras de miradas neuróticas la recibieron. No parecían impresionadas.

—Váyase, nosotros nos encargamos –dijeron de manera campante.
—Pero… -no concluí la palabra-.
—Aquí usted solo perderá el tiempo, además el doctor no está, nosotros nos encargaremos de prepararla.
—No, no te vayas –dijo ella- lo menos que puedes hacer conmigo en estos momentos es solidarizarte, te necesito.
—Ya escuchaste a las enfermeras, tengo que seguir piscando. Necesitamos el dinero para los pañales, la leche y un sin fin de cosas. Más tarde regreso.
—No te muevas de aquí. Lo que deberías hacer es preguntar por el paquete del video de parto y las fotografías.
—Eso está prohibidísimo, cariño. Además es de mal gusto –dije yo.
—Tenemos que irnos… el paquete cuesta 100 dólares –dijo la enfermera.
—Santo cielo, eso es un dineral, lo haré yo mismo con mi celular.
—¡Estás loco, paga, no seas codo!... además te mareas cuando hueles la sangre de pollo, no lo soportarás.
—Soy hombre, no payaso.
—Es hora –dijeron las enfermeras.

En el fondo tenía razón. Siempre he padecido a la sangre y a los hospitales. La sangre me produce mareos y los hospitales tics nerviosos. Pero había algo que no terminaba de entender, en qué momento el morbo invadió la vida de un recién nacido, era un exceso andar grabando o tomando fotos a mujeres maltrechas recién paridas y a cuerpecillos sangrientos acabados de salir. Sin duda, se trataba de una profanación a un recinto donde se da vida.

Grabé en mi memoria el número de la habitación: 4242. En seguida me puse a releer el Gran Gatsby de Scott Fitzgerald. El día transcurría lento y aburrido. Veía a padres desesperados ir y venir de un lado a otro. En la sala de espera algunos padres veían el televisor, novelas mexicanas del año del caldo. Hojeé una revista de madres. En la página 37 leí lo siguiente: “en las mamás primerizas, la dilatación dura una media de 10-12 horas, el expulsivo, unos 20 minutos y el alumbramiento una media hora como mucho. Si por el contrario no eres madre primeriza, los tiempos varían bastante, de 6 a 8 horas la dilatación, el expulsivo unos 10-15 minutos y el alumbramiento 15 minutos.” Joder, me esperaba un largo día. Cerca de las 5 de la tarde, me avisaron que no había roto aguas, pero que ya no tardaba, sentía contracciones dolorosas de manera regular, las contracciones indicaban que el cuello del útero se ablandaba y se acortaba para empezar a dilatarse, lo más aconsejable era no moverse del hospital. Enfadado y harto me fui a caminar por ahí. Regresé cuando estaba oscureciendo. Una enfermera vino a mi encuentro.

—Puede pasar a verla, 5 minutos, no más.

La futura madre dormitaba cansada en una cama. Tenía varias mangueritas conectadas a los brazos. El globo blanco era una ampolla de tortura que sobresalía debajo de las sábanas, palpitante. Con la voz blanda, débil y jadeante me dijo lo siguiente:

—Voy a morir, Salvador, ahora sí serás feliz y libre para siempre.
—Por el amor de Dios, no digas tarugadas.
—Hazte cargo del niño de vez en cuando. Se lo quedarán mis papás. A veces eres buena persona pero siempre mala influencia. –Momentos después una contracción hizo que se le retorciera todo su cuerpo hinchado.
—Haga lo posible por dormir, señorita –recomendó la enfermera.
—No tengo sueño –contestó ella.
—Haga el esfuerzo porque los próximos 18 años no podrá.
—Tiene que irse –me dijo la enfermera.
—No te vayas a ir del hospital, presiento que voy a morir, y te recuerdo que por tú culpa estoy a aquí -agregó antes de que me marchara de la habitación.

Afuera flotaba en el aire una espesa capa de angustia, desesperación y cansancio. Padres primerizos que se mecían los cabellos, otros, los experimentados, hacían un recuento de las horas que sus mujeres habían tardado previo al alumbramiento.

—36 horas y 25 minutos duró mi esposa –dijo uno.
—La mía duró 57 horas, 3 minutos y 7 segundos –expresó otro.
—No me la van a creer, pero mi mujer duró 5 días y 4 noches, 34 minutos y 18 segundos –se aventuró uno más.

Hablaban como sí se tratara de una competencia de caballos. El ambiente me puso de mal humor. Ya había oído suficiente. Era mejor irme a descansar. No había nada que hacer ahí. De vez en cuando se escuchaban aullidos de una mujer quejumbrosa.

¿Qué puede hacer un hombre en las salas de espera de un hospital? o peor aún, ¿qué puede hacer un hombre dentro de la sala de operaciones mientras una mujer está por parir? Nada, nada es la respuesta. Es tan inútil como el par de senos que lleva en los pectorales.

A esas alturas del día, los futuros abuelos del crío hicieron acto de presencia. Era el momento preciso para marcharme. Un baño de agua caliente, un caldo de pollo y recostarme algunas horas, era lo que necesitaba. Me despedí de los futuros abuelos. Me miraron con odio, sin decirme nada. Y me marché. Era la una de la madrugada. Era un nuevo día.

Al llegar a casa no había nada; el generador del agua se había descompuesto, no había nada que comer y no pude dormir. Una extraña sensación de remordimientos me acosaban. Salí a fumar un cigarrillo, es el deber de todos los padres del mundo. No terminé de fumarlo. Mejor me serví un trago de vodka con tonic. Por cada trago que daba, una punzada de culpabilidad me invadía por no estar ahí. La tradición me obligaba a tener que solidarizarme, sus palabras me retumbaban en todo mi ser, “no te vayas a ir, es tú deber”. Era una obligación compartir el dolor personal, había de por medio una herencia común. Mi ausencia sería imperdonable. Cuando la criatura tuviera conciencia, quizá se enfadaría sí supiera que su padre dormía mientras él se debatía entre la matriz y la vida en la tierra. En esos momentos recordé la historia de mi madre. Sin entrar en detalles, mi padre había preferido irse a un festival de rock mientras un servidor daba las primeras bocanadas de aire en el mundo. Unos goterones corrieron por mis mejillas. Terminé de tomarme otro vaso de vodka con tonic. Me enjugué la cara, me cepillé los dientes y manejé a 100 por hora. Soplos de aire cálido provenientes del Valle de San Joaquín entraban por la ventana del auto. Me pasé todos los semáforos en rojo, no me importaba que el sheriff o el paltrow police pudieran detenerme, yo tenía que estar ahí.

Arribé al hospital de nueva cuenta a las 5 de la mañana. Era 19 de agosto. En la sala de espera encontré menos padres. Ya nadie discutía. Había un silencio demencial. Sus rostros pálidos reflejaban cansancio, hastío, sueño. Algunos dormitaban a ras de suelo. Era una imagen deprimente. Agradecí al Señor no encontrarme con los padres de Martha. Pregunté por ella a una recepcionista que hablaba mitad inglés y mitad español: “yo no la miro for here, no have information, señor”. Carajo. No había noticias. Me senté en una silla. El tiempo seguía escurriendo, sin prisa. Me quedé dormido como una piedra aproximadamente 3 horas. Una mujer tuvo la impertinencia de despertarme, era la madre de Martha. Me informó que a las 11 de la mañana Martha ingresaría la sala de partos. La hora estaba por llegar. Antes de que cualquier cosa fuera a pasar, me fui a llenar la barriga de comida. Fui a un mercado parecido a los que hay en México, comí un taco de bistec, uno de chorizo, una tostada de camarón y una agua de limón, estaba hasta la madre de comer hamburguesas. El reloj marcaba, las 10 con 47 minutos.

Ingresé a la sala de partos. Había sido aprobada la presencia de dos personas. Una era la mía y la otra su mamá. Una vez dentro, vi el cuerpo abultado revolviéndose de dolor, de desesperación, de ansiedad, de sufrimiento. No encontraba palabras de consuelo. Solo los clichés de siempre: “ánimo”, “todo estará bien”. De pronto, los achaques me arremetieron. Primero, un parpadeo constante, después, golpecillos cardiacos con sudoración en toda la espina dorsal me estaban haciendo pasar un mal rato. A partir de ahí, la inercia fue la misma; a ella le daban contracciones, y su madre y yo, intentábamos animarle.

En punto de las dos de la tarde, rompió aguas. Llegaron otras dos enfermeras.

—¿Lista?, es hora de pujar, señorita –dijo una de las enfermeras.
—Sí fuera señorita no estaría pariendo un chiquillo –exclamó la sobredicha.
—No es momento de discutir eso –dijo sensatamente su madre- y haz lo que te indican.

Bañada en sudor, con las sábanas húmedas, la boca torcida, las piernas dobladas y abiertas, se escuchó un alarido como un animal en brama. El dolor cesó y respiró muy hondo. Llegó otra contracción y volvió el dolor. Llegó otra y con los ojos en blanco y desorbitados blasfemó contra el mundo, contra las pobres enfermeras, contra su madre. Entonces recordó que yo estaba ahí:

—Pero algún día me la pagarás, maldito… daría mis piernas y mis intestinos por verte en mi lugar, cretino.
—Tranquila, cariño –decía yo queriendo apaciguar-. Pero para entonces yo también estaba muy mal. Sentía mareos, jaquecas, ganas de vomitar.
—Sal de ahí escarabajo –creo que se dirigía al chamaco que no quería salir-. La verdad es que el crío se estaba portando como un autentico vaquetón. Le estaba haciendo pasar un mal rato a su madre y mí una autentica pesadilla.
—Déle más fuerte… con fuerza, ya casi –decían las enfermeras, sus voces parecían llegarme del más allá.

Una de las enfermeras puso una pastilla en mi boca y un vaso con agua.

—Tómesela, se sentirá mejor, está usted muy amarillo, y haga el favor de ponerse detrás de la cama, en la cabecera, sirva de algo –le enfermera puso una revista en mis manos-.
Me puse detrás de la cabecera y con la revista que servía de abanico comencé hacerle airecito.
El dolor se reanudó y la volví a verla forcejear. Se aferró con voracidad sobre los barrotes de la cama, le escurrían lágrimas de los ojos, tenía los labios resecos e hinchados. Le mecí el pelo hacía atrás:

—No podré soportarlo, Salvador…. No podré… -hizo un aullido que vibró en todo el hospital.
—Tú puedes –me limité a decir-. No podía decir nada, un nudo en la garganta me lo impedía. Mis mareos no cesaban, sentía pequeños ataques cardíacos, tambaleos. Ahora comprendía muy bien por que mi padre había preferido irse a un concierto de rock.

El reloj marcaba las 2:17

—Descanse… pero las posibilidades de parto natural se le están agotando. Haga lo posible, de lo contrario tendré que llamarle a doctor para que le ayude –la enfermera hizo abrir y cerrar unas tijeras filosas-. Yo sentí más mareos.
—Cuando llegue la contracción no gasté energías en gritar, concéntrese en pujar, sólo puje, fuerte, muy fuerte.
—No puedo, enfermera, no puedo mamá –dijo Martha cansada, con los ojos blancos.

Su madre con una rosario entre las manos, no paraba de orar. Tanto balbuceo me tenía más mareado.

—Ahí viene la contracción, enfermera. Esta vez tiene que salir. Por el amor de Dios, haz que salga –decía Martha desolada.

La enfermera previno una bandeja.

Vino la última contracción. Primero fue un quejido in crescendo. Después emitió un gruñido como una yegua relinchando, tenía la cara torcida, roja. Luego, apretó los dientes y vi como el cuello dio un giro de 360 grados como poseída por extraños demonios, después, los ojos otra vez en blanco.

—Ahí viene, ahí viene, ya los vemos, puje, siga pujando, usted puede… déle, déle…más, más… -su madre rezó con mayor fervor.

Me atreví a mirar y vi como se asomaba una cabeza llena de sangre. Después vi como salía otra cabeza. Y, cuando el cuerpecillo estaba mitad fuera, mitad matriz, vi como se agitaban tres manos con muchos dedos. No lo podía creer, mi hijo era un monstruo. Era un producto de mi vida impoluta, de mi vida llena de excesos y trasnochadas. Era producto de mis pecados, pecados graves. De todas mis perversiones. Algún día tenía que pagar y había llegado el momento.

Hilitos con olor a sangre se colaron por mis poros y sentí como se me doblaron las rodillas. Desfallecí en el preciso momento, no podía soportar aquel acontecimiento. La naturaleza y todos los dioses, se había puesto en mi contra.

Me despertó una de las enfermeras de mirada neurótica:

—Se ha usted desmayado. Recupérese, desde hoy es usted padre. Felicidades.

Hice un recordatorio de lo que acababa de presenciar. No había duda; había engendrado un pequeño monstruillo. Estaba seguro que este acontecimiento me dejaría secuelas mentales por el resto de mi vida. Apreté los dientes, estaba devastado. Pero no podía llorar. No quería que nadie me viera derramando lágrimas y se compadeciera de nosotros. Con el corazón hecho trizas, tenía que enfrentar la realidad. Además, existían muchos circos donde mi hijo podría desenvolverse sin complejo alguno. Los records guinnes no tardaría en llegar y pronto seríamos ricos y famosos. Estas últimas posibilidades me hicieron sentir mejor. No había por que avergonzarse del monstruillo. Caminé a paso seguro. Sin temores ingresé al área de cuneros.

-Felicidades, señor, está hermoso su hijo –me dijo una enfermera de buen ver, con cabellos color espiga y cuerpo ondulado.

En la ficha técnica leí lo siguiente:
Name: Nicolás Munguía
Weight: 7 libras, 4 onzas.
Length: 21 pulgadas.

Detrás del vidrio vi al chico. Parecía arrugado y feo, como un gnomo bañado en yema de huevo. Chilló como un gato cuando me lo enseñó la enfermera. Conté diez dedos en las manos, diez en los pies y un solo pene. La verdad es que un padre no podía pedir más. No pude contener las lágrimas. Sentía un rugir de olas estrellándose en mis oídos. Tenía las palmas de las manos sudadas. Sentí burbujas en el estómago, debilidad en las piernas, la boca seca. Le di las gracias a Dios. No hubo necesidad de pedir perdón.

La madre de Nicolás dormía plácidamente. Estaba exhausta. Había sufrido demasiado. Pero así era la vida: el hombre cazador y la mujer recolectora. La mujer sufre mientras el hombre se preocupa. Una tenue sonrisa se dibujaba por sus pequeños labiecillos. Me acerqué y le acomodé su cabello. Me despedí de ella en silencio.

Me dirigí feliz y satisfecho a descansar. El calor era intolerable. Yo también estaba agotado, hambriento, sediento. Me urgía dormir. Al llegar me tiré en el sofá. Soñé con mi padre y con Nicolás. El sueño era en la tierra fangosa de Woodstook. Era también verano pero de 1969. El aire olía a marihuana. Mi padre cargaba en los hombros a Nico. Bebíamos cerveza. A lo lejos se escuchaba a Joe Cocker cantar you are so beautiful. Estaba por venir lo que todo mundo esperaba. Juntos salieron el primer rayo de luz y Jimmy Hendrix. Miles de almas enloquecieron. Poco me importaba Jimmy, yo enloquecía cuando veía los ojos desorbitados y malvados de Nico buscando un punto fijo. Jimmy pedía un par de minutos para afinar. Juntos escuchamos el wah-wah de su strocaster blanca, eran los primeros acordes de voodoo child. Carajo, los tres presenciando un hecho histórico, inmortal. Era un sueño. Era un hermoso y dulce sueño. Ahí estaba el origen de mi vida y mi única herencia tangible, real, viva, de carne y hueso, producto de mis entrañas: Nico.

4 de agosto de 2011

El Embarazo



para Martha y la criatura, con cariño.



Durante mucho tiempo, creí que traer nuevos seres vivos a la tierra era una insensatez… y lo sigo pensando. Pero deduzco una cosa hasta hoy irrefutable: sin la insensatez la especie humana no existiría. También creí que mi semilla era inservible, rebajada… inofensiva como la tinta invisible. No fue así.

Tengo 30 años y seré padre en el mes de agosto. El camino ha sido largo y tortuoso. Nos han engañado al decir que son los mejores 9 meses de nuestras vidas. Los 9 meses se han convertido en 9 años. El paso del tiempo ha sido lento, pesado.

No es fácil convivir con una mujer embarazada, se vuelven más vulnerables y sensibles. Ante este acontecimiento, la mujer embarazada aprovechará el bulto para abusar de todo a su alrededor. El hombre, en cambio, se convierte en una persona más estúpida, absurda, ignorante.

Durante los 3 primeros meses, mi escepticismo rayaba en lo ridículo. Todos los días hacía la misma pregunta: ¿segura que estás embarazada?

Estoy embarazada, Chava.

ya mañana te bajará, ya verás –decía yo ingenuamente.

no digas estupideces, ahí está el ultrasonido-. Pero para mí, el papel fotográfico ese, sólo reflejaba garabatos de un mal viajes de hongos.

para mí que estás estreñida.

piensa lo que quieras –concluía ella y se daba la vuelta para dormir tranquilamente.

Yo no pegaba el ojo aquellos primeros meses, las noches eran eternas, tediosas. Veía gatear niños por toda la casa. Soñaba con biberones que disparaban balas letales. Amanecía de muy mal humor. Ya decía yo que, los hombres somos más estúpidos y en el cuarto mes supe que no estaba estreñida y que en unos meses una criatura vendría al mundo producto de mis entrañas. Y, si en los primeros 4 meses mi mujer se portó amable y serena, un buen día, despertó alterada y nerviosa, enojada, de mal humor…

Antes del cuarto mes, la noticia la sabía toda la familia y algunos amigos cercanos. Mi abuela y mi madre se pusieron felices; “hasta qué, jamás lo había esperado de ti” dijo mi madre. “A ver sí con esto ya te aplacas”, dijo mi abuela. Mi tía Silvia, le recomendó a la nueva engendradora de escuincles usar siempre un listón rojo en los calzones, para que el niño o la niña tuvieran la protección contra las malas vibras del mundo, contra los embates de la naturaleza, contra las lunas llenas, contra las medias lunas, contra el mal de ojo, contra el labio leporino, contra quién sabe cuántas cosas más. En cuanto a mis amigos, más que alegrarse, se pusieron consternados, sorprendidos.

A partir del quinto mes, nuestra convivencia era extraña. Me daba la impresión que no convivía con una sola persona, sino con muchas personas en un cuerpo abultado: adolescentes berrinchudas y caprichosas, señoras mal humoradas, demonios poseídos. Por razones naturales –y obvias- el cuerpo de ella se ensanchó por todas partes y jamás me perdonó que yo fuera el causante. La venganza del cuerpo fue inevitable. Recordé unas palabras de Boris Vian, de su novela El Arrancacorazones:

—"Ya no puedo fiarme de ti –dijo Clémentine-. Una mujer ya no puede fiarse de los hombres a partir del momento en que un hombre le hace un hijo. Y menos del hombre que se lo hace”.

Luces hermosa –le decía yo de vez en cuando- aunque en el fondo sabía que el bulto era antiestético.

no me hagas cumplidos, parezco vaca enzacatada –decía ella enojada.

Y como castigo, le atacaban una serie de antojos bastante demandantes -que yo tenía que cumplir cabalmente-:

Tráeme un caldo de pollo, por favor.

cariño, son las 3 de la mañana…

no me digas cariño, y a ver cómo le haces, a tu hijo y a mí se nos antojó-. Siempre la alevosía y la ventaja de una mujer embarazada.

pero él o ella todavía no sabe de gustos –contesté amodorrado.

ve, por el amor de dios, no quiero que nazca debilucho como tú. Seguro que tu padre no cumplió ninguno de los antojos de tu madre… mírate…

Al escuchar ese tipo de comentarios, me invadían todo tipo de pensamientos: tirar aceite por la escalera, regar canicas en la regadera, poner una patineta a un lado de la cama. Pensaba ir por el caldo de pollo y no regresar nunca más. Asaltar un oxxo y refugiarme en la sierra oaxaqueña…En seguida despejaba mi mente y me dirigía a cumplir antojos sin importar que fueran platillos exóticos, sin importar la hora, refunfuñando.

En el sexto mes, supimos que sería un varón, a la panza de Martha no se le tuvieron que hacer muchos ultrasonidos para deducir que se trataba de un hombrecito, era igualito que su padre, es decir, bastante bien dotado.

Me hubiera gustado que fuera niña, los niños son asquerosos. Ellos tienen la culpa de todo lo que pasa en el mundo –dijo ella.

se llamará Salvador, como su padre, su abuelo y todos sus tíos –dije de manera arbitraria.

primero muerta a que se llame como tú… otro Salvador sería insoportable, tu padre, tus tíos y tú se han dedicado ha desprestigiar ese nombre…

párale, tampoco exageres…entonces, cómo quieres que se llame, cariño?

se llamará Arturo y no me digas cariño.

ese nombre es de joto -dije yo.

así se llama tu hermano –dijo ella.

y qué?... se llamará Salvador, he dicho.

ya veremos –contestó ella amenazante.

Mi padre y mi abuelo me felicitaron. Los dos coincidieron en lo mismo:

Hasta que hiciste algo bien, hijo. Las niñas son más complicadas.

Mi abuelo me hizo una afirmación rara:

Segurito que estuviste comiendo mucho huevo y muchos ostiones, yo hice lo mismo cuando tu abuela tuvo a tu tío Gabriel.

no abuelo, no como huevos muy a menudo, y los ostiones sólo me gustan en las micheladas.

entonces te funcionó lo del ajo y la sal en la ropa interior –volvió a decir mi abuelo.

tampoco, abuelo.

entonces, qué sería? –en seguida mi abuelo se puso muy pensativo.

En el séptimo mes a Martha le dio por hablar con la panza. Un bulto de movimientos sinuosos, deslizantes, como nido de serpientes. No sólo hablaba con el melón blanco que llevaba dentro, le cantaba y le recitaba poesía aburrida.

No escucha –le dije para hacerle saber que yo también existía.

ignorante, escucha más que tú, lo peor es que cuando nazca no sabrá quién eres, nunca le hablas, eres muy indiferente.

dile algo –dijo en tono de sargento.

hola muchacho, mucho gusto, soy tu padre.

muchacho?...carajo, es un bebé, háblale con cariño -recriminó ella.

no sé que decirle… se lo diré cuando nazca.

ahora entiendo porque eres tan insensible, seguro que tu padre no te hablaba cuando estabas en el vientre de tu madre. Allá tú, no sabrá quién eres. –y continúo: por cierto, desde hoy te voy a pedir que duermas en el cuarto de servicio. Me estorbas mucho.

Ok. No quiero ser una molestia –dije resignado pero feliz.

La noticia me vino de maravilla. La verdad es que nuestras últimas noches resultaban un martirio. Las embarazadas y con el pretexto de que son dos personas en una, comen como prisioneras recién liberadas. La cama se había convertido en un mar de boronas y migajas. Se metía a la cama con todo tipo de bocadillos gigantes, pequeños, dulces y salados. Sino me despertaba para traer agua de pepino a las altas horas de la madrugada, me despertaba porque tenía antojos de camarones empanizados de coco, o tapas de cocodrilo, o tacos de flores de jamica y calabaza, o canapés de nueces con aroma de naranja, eran unos antojos sin duda bastante extraños. También desarrolló un oído mejor que los murciélagos, me despertaba porque oía rateros en el interior de la casa, moscos apareando, termitas comiéndose la madera del closeth.

Las noches más tranquilas aprovechaba para hacer gárgaras o cepillarse los dientes con estrépito desafiante. Se levantaba 10 veces al baño. Tenía bochornos y la vez frío, su termostato parecía haber sido fabricado en China. Se duchaba a mitad de la noche. Volvía a la cama con saltos y rebotes. Se apoltronaba como un guerrillero con 4 almohadas –las mías y las suyas- sobre su cabeza, otras dos que le sostenían el melón blanco y pesado, otro par sobre su espalda baja, una más entre sus piernas. Y, en donde me moviera, roncara o murmuraba, el guerrillero atacaba con un triplete de codazos o pellizcos.

Dormir solo me venía bien. Aunque, sí a ella o al globo le daba insomnio, me deparaba otra noche cruel.

Nadie quiere a las embarazadas, lo veo en todos lados.

te equivocas –dije yo para animarle- en walmart hay una caja exclusiva para embarazadas.

la misma que le dan a los desvalidos –contestó ella de manera agria.

Algunas de esas noches, aprovechaba para poner mi oreja sobre el bulto cálido y duro, y escuché. Percibí cañerías que silbaban. Ella puso mis manos sobre su vientre, sentí los pataleos de alguien pidiendo socorro, de alguien chocando contra las paredes de aquella cárcel. Era el mes de junio y hacía mucho calor. Me imaginé esa pobre criatura como un pollo rostizado, cocinándose a fuego lento, poco a poco.

Un caliente sábado por la mañana, desvelado y con una resaca más dolorosa que un fogazo en la lengua, la madre de mi criatura me advirtió:

El lunes cumpló 8 meses y no quiero estar aquí. Me voy a Estados Unidos, mi hijo tendrá doble nacionalidad y quiero que mi mamá me cuide los últimos dos meses… no puedo fiarme del seguro social, ni mucho menos de ti.

pero… no estoy de acuerdo.

me importa un carajo. Nace a mediados de agosto.

Despedí a la madre de mi primogénito un lunes a medio día. Me acerqué a ella, le aparté el pelo y la besé en la frente. Después bajé hasta el bulto, le dije que pronto nos veríamos, que sabía el sufrimiento de vivir enjaulado en esa cueva caliente e infernal, pero que fuera paciente, que ya faltaba poco y, que lo quería mucho.

Faltan escasos días… un pollo rostizado está a punto de salir.



14 de junio de 2011

6TO ENCUENTRO NACIONAL DE LETRAS INDEPENDIENTES



El jueves a las 17:00 -18 de junio a las 23:30



PROGRAMA
JUEVES 16 DE JUNIO DE 2011

SEDE:
ESCUELA DE LENGUA Y LITERATURAS HISPÁNICAS
Madero Oriente No. 580, Col. Centro

5:00 Inauguración

5:15pm a 6:00pm: Novedades editoriales. La puerta de enfrente de Ramón Lara, Noche de Muertos de Beatriz Rojas y Sueño de plumas negras de Claudia Islas. Moderador: Óscar Quevedo

6:00pm a 6:30pm Lectura del Taller Xiraliteral. Moderadora: Alejandra Quintero

6:35pm a 7:35pm Mesa de lectura: Elma Correa, José Agustín Solórzano, Carlos Martínez Rentería, Salvador Munguía y Ernesto Hernández Doblas. Moderadora: Claudia Islas

7:40pm Presentación del libro Verde Shangai (Tusquets, 2011) de Cristina Rivera Garza. Moderador: Francisco Valenzuela

VIERNES 17 DE JUNIO DE 2011

SEDE:
Universidad de Morelia
Av. Tata Vasco esq. Fray Antonio de Lisboa, donde termina La Calzada de San Diego.

11:30 am: Presentación del número 15 del Art Fanzine Monocromo. Moderadora: Alejandra Quintero

12:00pm a 1:00pm Mesa 1: “Por estar tuiteando no termino mi novela” (Rafa Saavedra, Adrián González Camargo y Francisco Valenzuela) Moderadora: Elma Correa

1:05pm a 2:00pm Mesa de lectura: Oscar Benassini, Sidharta Ochoa, Gustavo Ogarrio, Antonio León y Antonio Monter. Moderador: Óscar Quevedo

COMIDA


SEDE:
EAT
Allende #590 Col Centro


5:00pm A 6:00pm Mesa 2: “Soy narrador hasta el tope” perspectiva de la narrativa michoacana (Francisco Javier Larios, Miguel Ángel García, Gustavo Ogarrio, Jesús Baldovinos, Antonio Monter y Edgar Omar Avilés). Moderador: Alfredo Carrera

6:05pm a 6:50pm Novedades editoriales. Tatema y Tabú de Sidharta Ochoa, Palabra anclada al cuerpo de Manuel Barajas y Arnabeth Muñoz. Moderador: Óscar Quevedo

6:55pm a 7:15pm Presentación del proyecto editorial Clarimonda Drunk Ediciones dirigido por Manuel Noctis. Moderador: Óscar Quevedo

7:20pm a 8:20pm Mesa de lectura: Rafa Saavedra, Darío Zalapa, Citlali Guerrero, Rojo Córdova, Claudia Islas y Daniel Wence. Moderador: Sidharta Ochoa

8:25pm Presentación del libro Dulces batallas que nos animan la noche. Antología del Encuentro de Letras Independientes 2006- 2011. Presentadores: Gustavo Ogarrio y Alejandra Quintero


SÁBADO 18 DE JUNIO DE 2011

SEDE:
CENTRO CULTURAL HIDALGO (LIBRERÍA HIDALGO)
MADERO PTE. #430 CENTRO

12:00pm a 1:00pm Mesa 3:“¿Quién carajos lee a los escritores mexicanos?” (J.M. Servín, Elma Correa, Omar Arriaga y Franco Félix) Modera: Francisco Valenzuela

1:05pm a 2:00pm Presentación del libro Idos de la mente (Tusquets, 2010) de Luis Humberto Crosthwaite . Moderadora: Esmeralda Ceballos

COMIDA

SEDE:
CACTUX (CENTRO GASTRÓNOMICO CULTURAL)
Héroes de Nacozari #191 Esq. 1o de mayo

5:00pm a 6:00pm Mesa de Revistas: Espiral-Tijuana, Ornitorrinco- Morelia, Rojo Amate-Morelia, Shandy-Sonora, Zarabanda-DF, La tempestad- DF, Revista Hilo/DIF estatal (proyecto: sin perder el hilo) Moderador: Gil

6:05pm a 6:35pm Proyecto: Cuentos para dormir androides de Francisco Valenzuela. Moderador: Héctor Daniel Pérez Aguilera

6:40pm a 7:30pm Mesa de lectura: Bibiana Camacho, Jeremías Marquínez, Esmeralda Ceballos, Franco Félix y J.M. Servín. Moderadora: Diassani Sosa

7:35pm Slam Poético coordinado por Rojo Córdova
(intermedio de Slam Poético: Inquilino Bubba)
FIESTA DE CLAUSURA: DJ NOCTIS

26 de mayo de 2011

Henry

chava munguía

Como casi siempre, El Bar estaba oscuro y mal oliente, olía a orines y aserrín. Yo estaba acodado en la barra de la cantina, medio borracho. A mi lado un viejo bebía solo. En la rockola sonaba una canción de los Invasores de Nuevo León. El Bar estaba casi vacío. El viejo, reía solo, no eran carcajadas, reía casi para si mismo. Transcurrieron varios litros de cerveza para reconocerlo. Se podría pensar que en mi borrachera esta historia es inventada. Pero no lo es. Y el viejo al que me refiero, se llama, Henry Miller. Carajo, y todo mundo pensando que estaba muerto.

—Usted es Henry Miller?

—eso me dijeron mis padres -contestó gentil, de buen humor.

—qué hace usted aquí?....creíamos que estaba usted muerto.

—andaba de parranda, hijo, como dicen ustedes los mexicanos.... y un poco asqueado del mundo, la verdad es que me tomo estos tragos y en seguida me muero.
—carajo, no diga eso, Henry.

—ya viví mucho, estoy cansado, hace mucho perdí las esperanzas y los humanos son una mala broma de dios.

—parece tener un bajo concepto de la especie humana.

—son los justos los que arruinaron todo, quienes están cometiendo los crímenes contra el hombre, los justos son los auténticos monstruos. Los justos son quienes exigen nuestras huellas dactilares, quienes nos demuestran que hemos muerto aun cuando estamos ante ellos en carne y hueso.

perdón, Henry, pero si usted se muere, qué esperanza tenemos los que nos quedamos?

la jodienda, coge todo lo que puedas, muchacho, la jodienda me ha enseñado que es lo único que sostiene al mundo.

—oye, Henry has escrito mucho sobre las mujeres, ¿qué opinión tienes hoy en día de ellas?

—lo mismo que hace años, no les basta una buena cogida… quieren tu alma también.

—¿te refieres a todas las mujeres?

—sin excepción.

—perdón por mi pregunta y mi atrevimiento, pero qué parte te gusta más de las mujeres?

—el coño, y a ti?

—las piernas, las piernas representan un misterio para mi.

—bien hecho, muchacho, salud.

—pero te voy a decir una cosa, muchacho, hay una variedad infinita de piernas.... y de coños... hay coños caníbales, que se abren de par en par como las mandíbulas de la ballena y te tragan vivo; hay también coños masoquistas, que se cierran como las ostras y tienen conchas duras y quizás una perla o dos dentro; hay coños telegráficos, que practican el código Morse y dejan la mente llena de puntos y rayas; hay coños políticos, que están saturados de ideología y niegan hasta la menopausia; hay coños vegetativos, que no dan respuesta a no ser que los extirpes de raíz; hay coños religiosos, que huelen como los adventistas del Sétimo Día y están llenos de abalorios, gusanos, conchas de almeja, excremento de ovejas y, de vez en cuando, migas de pan; hay coños diversos, que se resisten a cualquier clasificación o descripción, con los que te tropiezas una sola vez en la vida y que te dejan mustio y marcado; hay coños hechos de pura alegría, que no tienen nombre ni antecedente y son los mejores de todos, pero, ¿adónde han ido a derramarse?

Y, por último, existe el coño que lo es todo y vamos a llamarlo supercoño, pues no es de esta tierra, sino de ese país radiante a donde hace mucho nos invitaron a huir: el País de la Jodienda, que es donde vive el Padre Apis, el toro profético que se abrió paso a cornadas hasta el cielo y destronó a las deidades castradas del bien y el mal.... y no cualquiera, muchacho, no cualquiera conoce el súper coño...espero que tú algún día.

—Gracias. Salud, Henry.

—salud, hijo, creo que ahora si es momento de morirme.

—no la chingue, si estamos chupando tranquilos.

—ya me enfadé.

—ya no le pregunto nada, perdón si lo estoy molestando.

—no hay cuidado...pero ya es hora, muchacho...a propósito, cómo te llamas?

—Salvador, pero me puede decir Chava.

—a qué te dedicas, hijo?

—a no mucho... pero me gusta escribir.

—no escuchó bien, cómo me dijiste que te llamabas?

—dígame Chava...

—Muy bien hijo, te diré una cosa, no pierdas el tiempo en pendejadas, dedícate a conocer chicas, coge con ellas, busca el supercoño... Ahora que si quieres escribir para coger con ellas, te daré un consejo; que tus ideas vayan unidas a la acción; si no hay sexo y vitalidad en ellas, no hay acción. Las ideas no pueden existir solas en el vacío de la mente. Las ideas están relacionadas con la vida: ideas hepáticas, ideas renales, ideas intersticiales.

—gracias por el consejo, maestro, pero no le entendí ni un carajo.

—no me vuelvas a decir maestro...y no tengo tiempo de explicarte con manzanas, la muerte me espera. Fue un gusto, muchacho, voy a morir a un lugar más tranquilo y dónde no vendan cerveza indio, sabe horrible.

—como usted diga, maestro.

—carajo, que no me digas maestro...un placer.

—el placer fue mío.

Mientras tragaba las últimas gotas calientes del fondo de mi cerveza, me arrepentí de no haberme tomado una foto con él en mi Iphone. Pagué la cuenta y salí en busca de Henry pero fue demasiado tarde. Quién sabe a dónde haya ido a morir. Afuera la noche era fresca. Las estrellas brillaban tan claras, serenas, remotamente. Brillaban apacibles como cada noche, iluminando el camino, apaciguando el corazón.

3 de mayo de 2011


Felices los normales, esos seres extraños, los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho... los delicados, los sensatos, los finos. Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños, las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos que sus padres. Palabra de Roberto Fernández Retamar.

14 de abril de 2011

El pene tiene razones que el hombre desconoce.


San Agustín cuenta que en la época del paraíso terrenal, Adán y Eva tenían cuerpos espirituales que eran inmunes al deseo, no había libido. Adán en el Paraíso era capaz de levantar su miembro como si levantara un brazo o una pierna. El hombre no estaba sujeto al pecado, no había una fuerza exterior que lo dominanara, que controlara su miembro. Pero después de que Adán y Eva muerden la fruta prohibida, él pierde el control de su pene. A partir de entonces, Eva toma ese poder de controlar las erecciones. ¿Qué buscaba la naturaleza o dios con eso?

1 de abril de 2011

El ciego



por: Chava Munguía

Uso lentes porque estoy ciego. Los uso desde hace más de 15 años. Tengo miopía y astigmatismo. Sin ellos soy un ser desvalido, un desamparado. Sin ellos no soy nadie. Sin ellos no soy yo, soy otro. La idea de operarme está descartada. No quisiera asomarse al espejo y no saber quién soy. Son indispensables, sí, pero dejan de serlo en la intimidad, en la cama, en el cuerpo a cuerpo. Hay momentos que se debe saber usar el instinto, el tacto.

En 15 años he perdido infinidad de armazones. Un solo día sin lentes es un día miserable y ruin. Un día gris, oscuro. Un día insoportable, de terribles jaquecas.

Maldije con el fondo de mi corazón a los creadores del formato 3-D. Acudí a la primer función de cine en ese formato y jamás he vuelto. Vaya insensatez tener que usar un armazón encima de otro.

No existen ventajas ser un cegatón pero uno tiene que buscarlas, “por qué no me saludaste”, “perdón pero no te vi”. “joven, aquí no puede estacionarse”, “acaso usted también está ciego”, “ves lo que te conviene, cabrón”, dice mi madre.

Hace un par de años probé usar lentes de contacto, sin embargo es casi tan molesto como despertar a diario con la misma mujer. Un pensamiento recurrente me hace infeliz las madrugadas, el día que la vista se nuble por completo y quede envuelto en tinieblas.

La semana pasada, después de haber enfrentado un ríspido y difícil partido de fútbol, -donde salimos airosos- mis compañeros del equipo y un servidor, tomamos la iniciativa de festejar con algunos tragos, bien merecidos lo teníamos. La tarde caía y las botellas se vaciaban con prontitud. Nuestras conversaciones eran banales y sencillas; fútbol, mujeres, borracheras. Era una tarde seca y calurosa. La noche llegó con la segunda botella de un ron desconocido y barato. Esta madre nos va a dejar ciegos, digo alguien por ahí. A mi me daba lo mismo, más ciego no podía estar, -al menos eso creía-. Después de la segunda llegó la tercera. Cuando se vació la tercera, conocí de cerca las tinieblas. No eran espesas como pensaba, eran grises como el humo. Pedí cortésmente que alguien me llevara a mi hogar, estaba imposibilitado de hacerlo por cuenta propia. Con el uniforme y los zapatos de fút aun puestos me fui a dormir, seguro de despertar con la vista nítida. Pero no. El ron tenía cuentas pendientes conmigo. Desperté ciego, literal. El viernes negro le llamo yo. Al despertar, una tela delgada y gris se posaba por encima de mis ojos, de mi vista. Me enjugué los ojos con agua y jabón, quizá tenía los ojos llenos de lagañas y de lodo. Parpadeaba con rapidez creyendo que el mundo se aclararía. Nada. La oscuridad amenazaba con quedarse para siempre. Una inmensa desesperación se apoderó de todo mi ser. Llamé a mi madre. Leticia, me quede ciego. Deja de decir estupideces, sigues borracho, eso es lo que pasa. Su comentario me entristeció. Te lo juro, -insistí-. Voy hacer unos pagos al banco, surto la despensa y después voy a tu casa. No jodas, madre, es en serio. Llegó a mi casa después de una hora. Vamos a un doctor, dijo. Fuimos con el oftalmólogo Fulano de Tal. Al maldito no le bastó con humillarme delante de mi progenitora dándome consejos de vida y salud, y recalcando el daño que ocasiona el alcohol en el organismo. Doctor, regréseme la vista y deje de decir pendejadas. Tranquilo joven, eso le pasa por andar consumiendo bebidas adulteradas, se va a tomar esto y lo otro, cada 8 horas, las gotas cada 6, sino mejora para el domingo, el lunes aquí los espero. ¡Hasta el domingo! ¡No chingue doctor!...

Salí derrotado. Pensé irme de rodillas a la iglesia más lejana, posiblemente los santos se apiadaran de mi. Al llegar a mi casa me encerré en el baño y solté unos lagrimones. Mis ojos solo servían para derramar lagrimas, tenía una fuga y no había quien pudiera cerrar la llave.

Cuando mi mujer llegó me encontraba más tranquilo. De favor le pedí que buscara en la red perros lazarillos. Los precios rondaban entre los 10 y 15 mil dólares. Usa mi tarjeta de crédito y lo demás pídeselos prestados a tus papas, después les pago, le dije desesperado. No exageres, para empezar tu crédito es de 6 mil pesos, mis papás no tienen ese dinero y ni siquiera te has tomado el medicamento… no seas dramático, verás que mañana estarás mejor, -contestó ella quitada de la pena, y no conforme remató-, ahora vuelvo, se te ofrece algo, ¿quieres que te traiga algo de comer?, ¿te rento una película? Sin éxito le aventé un vaso que tenía a la mano. Perdón no quise decir eso, se me salió, pero así no vas a lograr nada, -dijo apenada-Deja de hacer pendejadas, Salvador, gruñó mi madre. Les pedí de favor que se largaran. Ya nada tenía sentido. Era un cadáver que seguía respirando. Un invalido. Perdón, una persona con capacidades diferentes.

El resto del día imaginaba mi nueva vida. Una tragedia sin duda. ¿Quién se haría cargo de algo tan molesto?, ¿valdría la pena seguir viviendo?, ¿había llegado el momento y la ocasión para ponerle fin a mi existencia?, ¿qué cosas echaría de menos sin la vista? Para animarme me decía para mí mismo, al fin ya viste todo, deja de lloriquear, te aseguro que no será nada agradable ver como se le caen las chichis a tu vieja, como palidece el mundo con tanto desastre natural. Me importaba un carajo ver los amaneceres, los atardeceres. Pero me entristecía no poder ver nunca más el rostro arrugado de mi abuela, las piernas enceradas de una mujer, leer un libro, ver la semifinal de la Champion League, pasear en moto, la expresión de una mujer cuando miente, hurgar el facebook de Vikka, que no tengo el gusto de conocerla pero está bien buena, etc., etc..

La idea de leer la biblia en braille amargó mi espíritu de nuevo. Durante el resto del día me invadían momentos de angustia y desesperación… de resignación, de tristeza. Curiosamente el ron se me antojaba más que nunca. Descarté dichas tentaciones durmiendo casi todo el día. Ni siquiera pude soñar, ni me importaba.

No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo aguante, dice el dicho. Afortunadamente no tuve que esperar 100 años. Al día siguiente, la luz había vuelto, era como cuando te cortan un servicio domestico que pagas y lo vuelven a reinstalar. Bendito día. Di gracias al señor, a sus apóstoles, a sus santos y a sus vírgenes. Lo mismo hice con los astros y con buda. Hacia mucho tiempo que no percibía un día más resplandeciente y luminoso. Los objetos volvían a ser visibles. Las personas dejaron de ser sombras y sonidos.

Había resucitado de las cavernas.

Escribo este testimonio 8 días después de aquel viernes negro. Me encuentro sentado en la terraza de un bonito jardín del centro histórico. Nunca había visto chicas tan hermosas caminar a estas horas del medio día. El mesero me ha traído un ron Zacapa Centenario, el mejor ron del mundo según él. Una linda señorita me guiña el ojo desde la otra mesa… voy a ver que se le ofrece.