Me contaste que te calentó tanto el cabrón de Muddy, que lo de menos era su gordura y su poca gracia física, ni el olor a sudor que desprendían sus ropas. Estabas tan excitada que le pedías que continuará. Que no dejara de cantar cerca de tú oído. Que no quitara sus manotas ni sus dedotes sobre tus muslos, ya no tibios, ahora hirvientes. Sus dedotes llegaban fácilmente hasta tus bragas. Lentamente las empezó a jalar. Te resistías. Él lo volvía a intentar y te volvías a oponer. Fue tal el forcejeo que las bragas blancas se desagarraban. Ya Muddy desesperado, te decía: Baby, I just make to love to you. Según tú, le explicabas a Muddy que en cualquier momento podría arribar tu prometido (creo que yo). Pero el maldito gordo, no se daba por vencido, quería que constataras que debajo de su pantalón guardaba un gran pito para ti. Cuando la batalla la ganaba Muddy, y tus bragas ya estaban a la altura de tus rodillas, tus bragas blancas, rotas y desagarradas, tus bragas empapadas de líquidos vaginales y sepa que más. Ya no le pedías, le rogabas que no quitara sus dedos y sus manotas, ni su bocota sobre tú oído… ¡Y oh dios mío!... No llegué al Satín Rojo, llegué a la misma alcoba donde nos amábamos, a la de la vida reall, los buenos sueños, no duran, algún ruido, un movimiento, un vulgar ronquido, un susto, una impertinencia, (como fue lo que hice) lo echa todo a perder. Esa noche, llegué borracho, un tropezón, interrumpió los sueños eróticos, entre una linda señorita como usted y el panzón de Muddy Waters. ¿Ya te acuerdas?...Por cierto, despertaste de muy mal humor. Y como no, tenías todo el derecho.
No me digas que no te sorprendió, que no te creo. Pero si el sueño no bastó. Lee bien esto:
No me traje ninguna foto tuya, ninguna carta, ninguna camisa de las que me regalaste, tampoco el reloj que me diste en navidad. Me traje tus bragas. Sí, las blancas, las que te desgarró Muddy. Las que a partir de “tu” sueño, te ponías cuando me querías “provocar”. No hacían falta, con solo verte me provocaban ganas de lamerte, sacarte los ojos y hurgar y excavar todas tus honduras. Pero insististe tanto que, tus bragas, las blancas, las desagarradas, se han convertido en un problema. Enfrente de mi casa, vive una Pajarraca, no sé si sea argentina o uruguaya. La conocí porque más de una ocasión nos encontrábamos en el elevador, a la misma hora, todas las noches. Le sonreía cuando ella lo hacía. A veces creía que me saludaba, pero tiene un tic nervioso en el cuello. Lo mejor era esperar su sonrisa. Pero eso había sido todo. Hasta que un día, el alcohol, la calurosa noche, el sofocante aire dentro del elevador, la necesidad de ser “amado” aunque sea por una noche, y sobre todo, la iniciativa de ella (yo no lo hubiera hecho, créelo) para llevarme a su cama. Tú más que nadie, debes saber que las necesidades del cuerpo son incontrolables, el deseo no sabe de pretextos. Dice la sinopsis de una película que no he visto: “la soledad vuelve frágiles a los personajes, que se endurecen cuando deciden darse calor unos a otros”. En mi caso fue devastador, perdón, pero desde que te marchaste -y eso hace mucho-, no tenía un encuentro carnal. Total que, la Pajarraca me metió a su departamento, fuimos hasta su cama, se montó encima de mí. Me envolvió tiernamente entre sus alas. Nos besamos tímidamente, nuestros besos y caricias se iban conociendo poco a poco. No lo hacía mal. Hasta que el tic de su cuello empezó a ponerse nervioso. Eso propició que yo empezara a perder el control y la concentración. La detuve en seco. Pero ella insistía, de pronto, me clavó su pico en mi espalda, cerca de una llaga de pus que ahí me dejaste, y cuando sus garras se postraron en mis piernas, sentí un dolor inmenso. Quise gritar, pero fue imposible. Sentía como un líquido caliente recorría toda mi espina dorsal. No sabía si era sangre, sudor o su baba. Batallamos, y fui rendido en la contienda. No me quedo de otra que acceder, debilitado, exhausto. Pero le hubieras visto aquellos ojos; uno verde y el otro plomizo. Uno me miraba de frente, el otro, el plomizo, localizaba la mirada hacia los costados, hacia arriba, escudriñaba a distancia, lo veía todo. Ahí no termina, cuando sentí esa naricita, olfateándome la panza y aquellas orejas puntiagudas, volví a tal desconcierto e irritación que la tomé por el pescuezo, la apreté fuertemente. Esta vez no luchó, no forcejeamos, aflojó su cuerpo, sus pupilas se inundaron de lágrimas. La solté de inmediato, me paré y me marché. Me arrepentí tanto de aquel encuentro. La llaga de pus me ardía, me ardía y me daba rabia que siguiera viva, si (maldita sea) ¡viva!… ¡viva!….Si accedí fue porque intentaba refrescar mi memoria, buscándote en otro cuerpo, en otro aliento, en otros olores, en sabanas nuevas.
Llegando a mi casa, tomé tus bragas, las blancas, las desgarradas. Las llevé a mi nariz y las olí efusivamente, después las sujeté con mi boca, las degusté, me tomé la verga y, me masturbé. Fue una paja brutal, mortífera, triste; contra ti por haberte marchado, contra mi por estúpido, contra la vida misma… y cuando estaba por correrme, hice una pausa. El final debía ser glorioso. Me imaginé yo siendo Muddy, y ser yo el que te cantaba al oído, mientras mis manos recorrían la tibieza de tus muslos. La canción que te susurraba dice así: I don't want you to. Be no slave. I don't want you. To wake all day. I don't want you; sad and blue. I just want to make; Love to you. Love to you. I don't want you to; wash my clothes. I don't want you; to keep our home. I don't want your; money too. I just want to make; Love to you. Love to you. Love to you. Love to you (No quiero que seas mi esclavo. Ni quiero que estés trabajando todo el día. Yo no quiero verte; triste y azul. Yo lo único quiero; es hacerte el amor. Yo no quiero que me laves mi ropa. Yo no quiero que tú; mantengas la casa. Yo no quiero; tampoco tú dinero. Yo lo único que quiero; es hacerte el amor. Hacerte el amor...Hacerte el amor).
Me debo ir, son las 4 de la mañana y debo pararme a trotar y seguir con la monotonía de mi vida. Hasta para no hacer nada se necesita descansar. Después te sigo escribiendo, cuando sepa qué y a dónde. Antes de que te marcharas, apunté las siguientes líneas, no sé quien lo escribió, pero son hermosas:
“Si no he de poder estar contigo porque el tiempo y las circunstancias son el enemigo, aguardo el momento en que el cansancio de nuestros cuerpos se conjuguen, desvanezcan la distancia, la hagan más breve, esperando ese ligero descuido; aquel donde las montañas y los mares, la brisa y la niebla no nos miren; permitiendo movernos en las mismas líneas de un verso que aún no se escribe”…
Lo apunté presintiendo que tarde o temprano te lo dedicaría.
Create a playlist at MixPod.com