15 de agosto de 2009

Mi amigo Lencho




Por: Maicol Bravísimo.

Curioso día para que la marrana llegara al mundo, era un 17 de diciembre, por cierta temporada donde abundan las bodas en mi pueblo, y posiblemente en todo el país. Ese día se casaba la prima Antonia, la boda se celebraba en el centro de la ciudad. Las corraletas de la casa de mi abuela, tan populares en el pueblo, estaban listas, las carnitas ya estaban en el caso, el aroma a tocino era exquisito. Mientras todo eso ocurría, la pobre y olvidada Ramona estaba a punto de dar a luz, y nadie estaba dispuesto a perderse aquel acontecimiento histórico, por una puerca. Hasta que a la perspicaz de la abuela se le ocurrió dejar un encargado. El encargado, fui yo, y no estaba mal, de hecho me sentía feliz de realizar dicho encomienda, al fin y al cabo, que mi prima, la otra marrana, ni me caía bien.

Así entre fiesta y celebración llegó Lencho, tercer hijo de Ramona, la marrana. Un lechón rosadito de pelos de elote.

Por haber tenido éxito con el nacimiento de Lencho, mi abuela me premió. Mi labor consistiría en engordarlo, para cuando creciera venderlo por kilos, tarea que le encargaba a mis hermanos y primos, con tal de no andar espiando a las muchachas cuando se bañaban en el arroyo, que estaba justo a un lado de la casa de mi abuela. Bueno, no sé si eso lo hacían todos, pero el día que mi mamá me cachó espiando a Camelia, me llevé una chinga de aquellas, Camelia era una muchacha de 13 años, que en lugar de pechos, tenía un par de pequeños lunarcillos, mejor dicho, un par de piquetes de mosco. Aunque, yo los recuerdo hermosos, algún día le crecerían como nuestra antojada y heroica, Rosa Gloria Chagoyán, tan famosa por sus conmovedoras interpretaciones de Lola La Trailera, y como olvidar aquellas escenas, en donde la Gloria se pasaba el jabón por el cuello, para de ahí deslizarlo a sus exuberantes caderas. Nomás de acordarme, se me levanta el ánimo. En fin, regresando al tema, mi obligación era sencilla: engordar a Lencho. Salía de la escuela y lo primerito que hacía era pasar a los corrales con mi bote lleno de comida, les repartia a todos, pero las mayores raciones eran para Lencho. Su comida favorita, eran los pedazos de la torta de huevo con frijoles que me daba mi abuela, que las dejé de comer, a raíz de un estruendoso y sonoro pedo en medio de la clase de historia, justo al momento de estar exponiendo delante de todo el grupo. Desde ese fatídico día, no las comí más, hacía lo posible por cambiarlas por las de milanesa o jamón de alguno de mis compañeros, fue en vano. Como lo fueron las indirectas a mi abuela para que cambiara el menú, haciendo caso omiso a mis suplicas. Pero llegó Lencho, y las tortas de la abuela fueron valoradas, Lencho las devoraba con singular alegría y provecho, eso si, le provocaban los mismos problemas gástricos que a mi.

Cuando cumplí 12 años y entre a la secundaria, la UNI (las siglas no significan nada, es UNI por ser la única secundaria del pueblo) el buen Lencho llegó a sus primeros dos años de vida, y ya era todo un marranote, en cambio yo, era un niño bajito y delgado, parecido más a un niño somalí que a un niño frondoso de rancho, lo único de rancho era mi overol y mi cara de menonita. Eran momentos de suma alegría, recuerdo con emoción aquellos días en que me trepaba encima del puerco, el cual corría como caballo de pura sangre, y en 15 minutos estaba a la puerta de la escuela. Y no solo me llevaba a la escuela, Lencho disfrutaba enormemente ir al cine. En una ocasión en que nos trasladábamos al recinto cinematográfico (que en realidad era un salón de fiestas y reuniones con 50 sillas de plástico de cerveza corona y una dulcería en la entrada) a ver emocionados el estreno de la memorable película, “El Arracadas”, interpretada por el genial charro de Huentitlan, Vicente Fernández. Ese día, la abuela me puso a limpiar el corral justo a la mera hora, al llegar, la sala de cine estaba llena, a punto estaba de perderme a ver a uno de mis ídolos de la infancia, pero ya iba preparado, me fui con el overol menos viejo, mis votas de hule bien puestas, un bonito sombrero de rafia que mi madre me regaló, y el atractivo del pueblo, Lencho, que dicho sea de paso, iba bien bañadito, y yo montado feliz encima de él. Gracias a mi gordo amigo, conocido por todos, entré sin mayor problema, él también lo estaba, orgulloso movía el rabo de un lado a otro. Cuando llegaba el momento del intermedio en la película, Lencho sabía lo que tenia que hacer, guiado por el encendido general de las luces, el aroma que sé yo, salía con su parsimonioso paso hasta la dulcería, donde don Miguelito, el encargado del puesto, le amarraba alrededor de su grande cuello, una bolsa de palomitas, unos cacahuates garapiñados y mi agua gaseosa de sabor naranja, y para él lo que don Miguelito le regalara, delicado no era. Una vez que don Miguelito lo surtía, regresaba con la mercancía hasta el lugar que ocupábamos y continuábamos con la función. A mi las palomitas hasta la fecha, me producen terribles problemas gástricos, y antes de que algún accidente ocurriera, optaba por dárselas a Lencho, pero el cabrón tenía una admirable digestión, en cuestión de segundos, salían sórdidos ruidos acompañados de un olor solo comparable al de un muerto en descomposición, y muy a pesar de la popularidad de Lencho, sus problemas gástricos terminaban por estropear la función. Don Miguelito amablemente nos pedía que nos retiráramos, nos llevábamos algunas rechiflas, pero de ahí no pasaba, no voy a negar que me sonrojara un poco, pero a Lencho le valía madre. De regreso a la casa, le daba consejos a Lencho sobre como debía comportarse en público, pero en la siguiente función pasaba lo mismo, aun con todo, Lencho era un noble porcino.

No me quejaré de los años que pase felices al lado de mi marrano, que abarcaron una etapa entre finales de la secundaria y buena parte de la preparatoria, pero la compañía de Lencho, aunado a mi humilde vestimenta (las mismas botas negras de plástico y mi sombrero de rafia) en nada me beneficiaba para acercarme a la hermana menor de Camelia, Socorro, una chica que tenía la misma edad que yo, que dicho sea de paso, más fea que un crimen cometido a plena luz del día, ni por las múltiples invitaciones a comer tostadas de pata con salcita verde. Solo existíamos Lencho y yo.

Para cuando terminé la prepa, mi madre decidió hacer una fiesta para festejar al único hijo que dejaba el rancho para tener un mejor futuro. El agasajo se planeó en grande. Entre los invitados estaban el cura, el anciano de Don Refugio que era nuestro presidente municipal por quinta vez consecutiva, y acompañado de éste, su joven esposa, el boticario a quien conocíamos como don Boti, don Pedro, el empresario, el lechero, que medio mundo opinaba que teníamos un gran parecido, y uno que otro gorrón. El platillo, para variar, eran carnitas acompañadas de corteza de cerdo, en salsa esmeralda (chicharrón en salsa verde). La cena comenzó, los invitados tomaron sus lugares, y la plática giraba en torno a la gran hazaña, el joven dejaba el pueblo para lograr sus sueños y poner en alto el nombre da la familia. Don Refugio, hizo un brindis por el embarazo de Yolandita, su joven esposa, don Boti el boticario anuncio la próxima apertura de otra sucursal, Don Pedro también celebró por haber financiando la pavimentación de la avenida principal, mis hermanos pequeños jugaban, los grandecitos estaban espiando a las muchachas en el arroyo, se hicieron comentarios sobre los guisos, felicitaron a mi madre y a mi abuela por tan deliciosa comida, todos me daban palmaditas en el hombro y la espalda, “suerte muchacho” decían. Pero algo no me daba buena espina, le pregunté a mi madre, cual de todos los cerdos de la corraleta, había sido el elegido para coronar la celebración. Cuando el silencio reino en aquel comedor, el dulce y rico sabor de las carnitas, se convirtió en el peor de los sabores, como si me hubiera tragado 100 naranjas echadas a perder, un amargo sabor recorría mi garganta, no podía creer que aquel platillo tan suculento, era mi inseparable amigo, mi gordo, mi carismático puerco, mi noble porcino, el puerco más popular de toda La Piedad, ahí estaba él, destazado, desmembrado, descuartizado, frito y cocinado, todo para el maldito regocijo de unos cuantos gorrones y festejar una carrera que ni aún comenzaba.

Y así termino la vida de aquel pobre lechón, que lo recuerdo hasta hoy como mi mejor amigo y compañero. Que nació en medio de una celebración y murió siendo parte de otra. Paradojas de la vida.

7 comentarios:

inmoral dijo...

he aqui el nacimiento de un gran escritor...

Óðinn dijo...

jajajajaja
Lencho siempre vivirá en tu corazón, aún despues de digerirlo. Tienes estilo maicol!

Felipe Pahuamba dijo...

Maicol amigo: siempre he admirado tu audcia para la monta de cerdos y ahora en tu nueva etapa como escritor te respeto aun mas… la narrativa la traes en la sangre. Muchas felicidades.

Liliana dijo...

Jajajajajajaja Miguelito, pregúntale a Felipe sobre su pollito Nikky =(, compañero de fortuna con lencho, en fin....
Que agradable experiencia ésta, la de presenciar el nacimiento de una nueva estrella en la narrativa Moreliana Hip, Hip, Urra!!!

luis manuel paz dijo...

cuando deje de llorar, opino...

Anónimo dijo...

LAMBISCONES TAN SOLO ES LENCHO JAJAJA!!!

ALe Lara dijo...

NOOOOO que tristeeee historia!!te comiste a lencho y sin ningún provecho! Mejor deje la abogacía y dedíquese a las letras!!! Felicidades!