24 de marzo de 2012

Las redes sociales, la amistad y Rubem Fonseca


Las bandejas de entrada de nuestros correos electrónicos están llenos de basura virtual; cadenas con temas lastimeros, religiosos y políticos; ofertas que a nadie interesan; mala pornografía, etc. Pocos son los e-mails que valen la pena. La inmediatez de las redes sociales nos han (mal) acostumbrado a mandar y recibir mensajes cortos. Son escasas las personas que se detienen a reflexionar sobre qué escribir, mandar o compartir. En lo personal, mantengo “contacto” a través de este medio con muy pocas personas, son amigos y familiares que principalmente viven en algún otro lugar del que yo habito. Hoy por la tarde, por ejemplo, he recibido un mensaje de un amigo periodista, Pepe David, un tipo que parece tener el don de escribir buenos e-mails, de esos e-mail que ponen de buen humor a la gente. Quisiera compartirles parte del mensaje que he recibido esta tarde. Que por cierto, refleja un poco (o mucho) la amistad que une a los amigos: el placer por la bebida, los gustos musicales y literarios, y sobre todo, la devoción, el afecto y la inspiración que producen las mujeres. Aquí el extracto del e-mail.

No sé si recuerdes que en mi pasada visita a Morelia me compré algunos libros. (En realidad, no tendrías porqué recordarlo) En fin, a lo que voy es que uno de ellos era del maestro --por favor, ponte de pie-- Rubem Fonseca. Yo llegué a su literatura hará unos diez años, quizá un poco más. Y desde entonces no lo suelto.

Te platico esto porque en 2007, durante la Feria del libro de Guadalajara, entré a una lectura pública que hizo el maestro. Ahí leyó unos cuentos de su (entonces) nuevo libro: Ella y otras mujeres. A todos nos atrapó. Pero hubo uno cuento en particular que, cuando lo escuché, y luego cuando lo leí en la tranquilidad de mi casa, me siguió gustando. Estoy convencido, y así lo he dicho siempre que puedo, que es un cuento perfecto. Tiene todo. (Desde luego, no todos los cuentos están del mismo calibre, pero, en serio, no hay ninguno malo.) Bueno, ahora te comparto aquel cuento.

De nada.

ELLA

Tomé su mano, la puse sobre mi corazón, dije, mi corazón es tuyo, después la coloqué sobre mi cabeza y dije, mis pensamientos son tuyos, moléculas de mi cuerpo están impregnadas con moléculas del tuyo.

Después puse su mano en mi verga, que estaba dura, y dije, esta verga es tuya.

Ella no dijo nada, me la chupó, después le chupé la panocha, se subió encima, cogimos, ella se quedó arrodillada, con la cara en la almohada, la penetré por atrás, cogimos.

Me quedé acostado y ella, de espaldas a mí, se sentó sobre mi pubis y metió mi verga en su panocha. Yo veía cómo entraba y salía mi verga, veía su culo rosado, que después lamí. Cogimos, cogimos y cogimos. Me vine como un animal agonizante.

Ella dijo, te amo, vamos a vivir juntos.

Le pregunté, ¿qué, no estamos muy bien así? Cada quien en su rincón, viéndonos para ir al cine, pasear por el Jardín Botánico, comer ensalada con salmón, leernos poesía uno al otro, ver películas, coger. Despertar todos los días, todos los días, todos los días juntos en la misma cama es mortal.

Ella respondió que Nietzsche dijo que la misma palabra amor significa dos cosas diferentes para el hombre y para la mujer.

Para la mujer, amor expresa renuncia, dádiva. En cambio, el hombre quiere poseer a la mujer, tomarla, a fin de enriquecerse y reforzar su poder de existir. Le respondí que Nietzsche era un loco.

Pero aquella conversación fue el principio del fin.

En la cama no se habla de filosofía.


Saludos cordiales,

Pepe David

PD (1): ¿Cómo va todo por allá? ¿Cómo está Nick? (Dale muchos besos de mi parte)

PD (2): Te dejo… creo que me están observando

27 de febrero de 2012

Aforismos Invisibles parte 1.


De la abuela:

“Si no eres decente por lo menos sé discreto”.


“Lo que no cupo en el infierno vino a caber en mi familia”.


“Si Dios te llega a alargar los días, no quisiera estar en tu lugar”.

"Todos los hombres son unos animales sin Dios, y tú no eres la excepción".

Sobre la vida:

La vida: caminar, crecer, tropezar y seguir tropezándose.

La vida es lo que sobra de un coito a otro.

La vida es una mierda y encima nos morimos.

La vida no es más que un puñado de derrotas, una cantidad considerable de decepciones, otro tanto de deudas… y contadas excepciones de mujeres que te hacen feliz y desdichado.

Una de las pocas cosas por las que el hombre deberá estar orgulloso toda su vida... es no haber sido chambelán.

El futuro no es otra cosa que no tener absolutamente nada que hacer en el presente.

“La vida: naces, te metes en líos, y luego te mueres”.

La vida del hipopótamo macho es ejemplar: reposar el día entero en el fango y copular con varias hembras.

Sobre la Mujer:

Las mujeres, entre todas sus obligaciones, la principal es: hacer felices a los hombres.

Tres cosas unen a una mujer con un hombre: dinero, lujuria y un hogar compartido.

Una mujer que nace con el diablo dentro... con él se muere.

Usar lentes de contacto es tan molesto como dormir a diario con la misma mujer.

Si todas las mujeres fueran cariñosas y amables; no habría hombres borrachos.

El hombre es cazador y la mujer recolectora.

Si no lubrica, no te ama.

Sobre la bebida:

Se bebe por una mujer, por los hijos, por los amigos que nunca existieron, por los días nublados.

Beber no es un placer, no es un acto reflejo, no es una enfermedad. Es una necesidad.

“Se bebe por educación”.

Se bebe para destruirnos, antes que los otros lo hagan.

Se bebe por ocio, por angustia, por rencor, por desprecio, por traición. Por placer.

Se bebe para olvidar que se bebe.

Se bebe como se muere: solo.

Sobre el borracho:

Un cuerpo borracho es un cuerpo en paz.

Borracho que ladra no muerde.

Hoy ya salió para beber, para comer ya dios dirá.

‎¿Quieres dejar de tener amigos? Deja de beber.

Amanecer borracho te da el valor de enfrentarte a los embates de la vida, a calmar la ansiedad de los días tristes e inciertos, y un regalo; escuchar el canto de los pájaros.

No es lo mismo “Todo para Bebés” que “Bebes para Todo”.

El mezcal debería llamarse Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos.

Consejo contra la resaca: seguir bebiendo.

Lloro, grito, aúllo, cojo, engendro, 
blasfemo, me endrogo, bebo... luego existo.

Sobre los vicios:

Los vicios son parte de la personalidad.

Hay drogas para trabajar sin necesidad de comer, falta una para comer sin trabajar, así te drogas, comes y no trabajas.

El rostro se convierte en espejo de nuestros vicios.

Es más fácil olvidar una mujer que olvidar un vicio.

Es más caro tener un hijo que tener un vicio.

Sobre todo y nada:

Las mentiras se hicieron para hacer menos desdichadas a las personas.

Entre abogados y meteorólogos no hay mucha diferencia; unos cobran por mentir, los otros por alarmar al mundo entero.

En cada uno de nosotros hay un cretino al acecho.

Odiarse significa todavía creer en sí mismo.

Un bebé inquieto desequilibra la vida de un adulto tranquilo.

Un Derecho Universal: La Holgazanería.

Los bares son más seguros que las canchas de futbol.

Sobre la nostalgia:

Ni aquellos días fueron tan increíbles, ni los de ahora son tan grises.

Querer recordar que pasó la noche anterior, es una mala forma de perder el tiempo.

Los buenos recuerdos abundan; los sinsabores se multiplican.

Sobre los propósitos:

Los propósitos de año nuevo se inventaron para no cumplirse.

Hasta hoy, he cumplido varios propósitos, no trabajar, por ejemplo.

Dejar de beber, hacer ejercicio, ponerse a dieta, buscar un mejor empleo, viajar al otro lado del mundo; es perder el tiempo en tiempos apocalípticos.

twitter: @chavamunguias

16 de enero de 2012

Carta a mi abuela:



Cada paso en la vida es un paso en la muerte,
y el recuerdo una evocación de la nada.
E.M. Cioran

Quisiera decirle, señora Delia, que la voy a extrañar con todo mi corazón. Que la quise como abuela, madre, amiga. Que sin su presencia ha dejado un hueco imposible de llenar. Quisiera decirle que conocerla fue un placer, una bendición. Quiero reclamarle una cosa, que nos hayas dejado desabrigados en tiempos oscuros y fríos. También decirle que el mundo sin usted será un desperdicio. Y pobre de aquellos que no tuvieron el placer de haberle conocido.
No está de sobra expresarle que era mi persona favorita. Que usted me caía encabronadamente bien. Me arrepiento de no haberle dicho lo orgulloso que me sentía de usted. Es un poco tarde para decirle que admiraba su transparencia, su sinceridad, su franqueza, su generosidad, su bondad, su cinismo. Que usted, señora, era una mujer adelantada a su tiempo; contestataria, valiente, rebelde, curiosa, ingeniosa, culta…una idealista. También decirle que será difícil seguir su ejemplo. Sabe una cosa, señora Delia, no conozco a nadie en el mundo con ese sentido del humor, con ese carisma, con esa risa contagiosa, con la cualidad de reírse de sus propias desgracias: “la vida es padecimiento y hay que aprender a reírse de ella”, decías. Entre todas sus virtudes, tenía la cualidad de hacernos sentir –siempre-abrigados, protegidos, amados. Tengo muchas cosas que agradecerle. Es tu sonrisa durante mi niñez, el recuerdo de la mayor felicidad terrenal que recuerdo. Gracias a ustedes, Delia, y cuando digo a ustedes, también me refiero a mi segundo padre, (¿o primero y único?) mi abuelo Juan,  gracias por una infancia extraordinaria, de felicidad abundante, de mucha armonía y de total libertad, por todos los cariños, por todos los cuidados.  Gracias por el esfuerzo -en vano- que usted tuvo por inculcarme “valores” y “principios”…. Se me hace que lamentablemente, sirvieron de poco, Delia. Y no sé por qué te estoy hablando de usted, nunca te gustó, y según tú, siempre fui un mal educado.

¡Carajo, Yeya, de verdad que bien me caías!

“Toda enfermedad implica heroísmo –un heroísmo de la resistencia y no de la conquista, que se manifiesta a través de la voluntad de mantenerse en las posiciones perdidas de la vida…” Lo leí en algún lado, abuela. Y lamento no haber podido hacer nada contra tú enfermedad, contra los dolores físicos y emocionales que te persiguieron hasta el ultimo día. Sin embargo, seguiste siendo valiente a pesar de los sinsabores, las preocupaciones y las desdichas. Lamento mucho por los momentos que tuviste que enfrentar los últimos años; una familia en desgracia, un esposo enfermo, una agonía prolongada. La vida se portó muchas veces injusta contigo. No lo merecías, abuela. Lamento por no haberte dedicado más de mi insipiente tiempo, los hombres perdemos el tiempo de la manera más estúpida, ahora lo lamento y te pido disculpas. También lo hago si alguna vez te ofendí. Lamento mucho que Nicolás, mi hijo, no haya tenido el tiempo y la oportunidad de disfrutarte y de aprenderte.Es una lástima pero créeme que cada que puedo le hablo de ti.

Fuimos unos ingenuos, abuela. Venías despidiéndote con tanta anticipación y nosotros sin creerte. Me confesaste que la revelación de la muerte se llevó a cabo desde que eras joven y gracias a la enfermedad, “la enfermedad y los sufrimientos convierten la muerte en algo siempre presente, es su esencia, cosa que los jóvenes con buena salud no comprenderán nunca”, decías.

–No pretendo alargar mi vida en hospitales –insistías-, ha llegado mi momento, no tengo ya nada que hacer, nada que ganar y mucho que perder. A todos nos llega ese día. Ya llegará el tuyo, Sólo un consejo, hijo: no seas de esos engreídos que se aferren a la vida, no vale la pena. 

Por si te perdiste de algo, te moriste en un día nublado, gris, frío, muy frío, lento, muy lento,y el más triste de todos los días de mi existencia. Del funeral, mejor ni te digo: morirse es también tedioso y muy cansado. El abuelo dijo que no lo volviéramos a invitar a un funeral tan aburrido, que dónde estaban aquellos funerales con gente bailando y bebiendo y con música de viento. Lo divertido del funeral era que unos te cantaban y rezaban oraciones católicas y otros rezos e himnos mormones, si me lo preguntas, me gustan más los segundos.
Aprovecho para desearte buen viaje y que de paso me saludes a la bisabuela. Descansa en paz, abuela, aquí queda poco por hacer.

Por último, no hemos podido acostumbrarnos a tu ausencia, nos sigue pesando a un extremo insoportable. 

8 de diciembre de 2011

Una noche cualquiera

por: chava munguía


El trabajo siempre es sinónimo de infortunios y tribulaciones. Mi semana laboral había sido dura, pesada, excesiva, fuera de casa. Varios días en pueblos polvorosos y de forajidos lo confirmaban. Anduve en lugares que a Don Vasco se le olvidó pasar: Nueva Italia, Arteaga, Infiernillo. La noche del sábado creí que el destino tomaría un mejor camino. No fue así. Cuando cayó el tercer gol del Santos, confirmé que la vida era ingrata, muchas veces injusta y siempre miserable.

La derrota del Morelia presagiaba otra noche amarga y dolorosa. No creo en los milagros y la esperanza es una palabra vacía. Como no tenía intenciones de seguir flagelándome, apagué el televisor sin importar el reclamo de mis invitados. Éstos se retiraron con caras largas y mal humoradas. Mi madre me pidió que la llevara a su casa. Le pedí que antes brindáramos por los derrotados, por los perdedores, por Leonard Cohen que era lo único que sonaba tan bien a esas horas. Sin embargo, ni el whisky, ni Cohen, ni la compañía de mi madre logró mitigar la tristeza, la apatía, mi cansancio.

El reloj marcaba las 2:30 de la madrugada cuando mi madre me pidió por segunda ocasión que la llevara a su casa. Se me hizo una insensatez el favorcito de mi madre, pero no dije nada. Nos deslizamos en el chevy guinda 2005 por avenidas y calles. Cruzamos vías de tren, esquivamos topes y pozos. Llegamos y nos despedimos cariñosamente. De regreso, un poderoso sueño se apoderó de todo mí ser. Suelo dormir poco y mal. De día padezco narcolepsia y de noche insomnio… aunque no siempre. Esa noche, un sueño arrollador hacía que se me cerraran los parpados, no había obstáculo que lo superara. Ni siquiera el volante. Parpadeé en el primer semáforo. En el segundo. En el tercero, unos desalmados me despertaron con un claxon escandaloso. Bajé las ventanas para mentarles la madre y para tratar de alejar la somnolencia. Mastiqué un chicle de hierbabuena. Respiré hondo. Canté en voz alta. Nada. Manejaba dormido. Hablaba con espíritus de otros mundos. Quise descansar unos minutos en una calle cualquiera. Un taxi con tres tipos se estacionaron muy cerca de mí. No me dieron buena espina. Si en el día somos fingimiento, por las noches somos los monstruos que siempre hemos sido. En la noche es más fácil reconocer un cazador que una presa. No hay que ser perito para saber que yo era la presa. Encendí el chevy guinda 2005 y avancé. Lo mismo hicieron ellos. Pisé el acelerador. Lo mismo hicieron. Di vuelta a la izquierda, después a la derecha, vire por aquí, me desvié por allá. Lo mismos hicieron ellos. ¡Malditos, me habían quitado el sueño!... No había tiempo de hacer llamadas. La policía a esas horas duerme, los otros son espectadores del delito.

Aceleré hasta el fondo sin mucho éxito, venían olfateándome la nuca. Le metí la tercera, después la cuarta y por último la quinta, intenté repetir el procedimiento cuando un coche abandonado se interpuso en mi camino. El impacto fue devastador. No había a donde escapar. La liebre a merced de las aves de rapiña.

Mientras mi cabeza estaba incrustada en el parabrisas, lo único que recordé fueron los cachetes sonrojados de Nico, mi hijo. Enseguida los malandrines me bajaron del auto. Uno se puso al volante. Los otros vigilaban. El chevy estaba inservible y no pudieron llevárselo. Me subieron a su auto. Dentro, volví a entrar en penumbras. No soñé nada. Tuvieron la mala educación de volverme a despertar. Uno de ellos apuntaba mi cara ensangrentada con una pistola del tamaño de la mano de un enano. Les di mi cartera, el reloj y mi celular. Me gritaron, me insultaron, me amenazaron. Me reí de ellos. Recibí una cachetada de una mano sudada y cobarde. No sentí miedo, no sentía nada. Me bajaron. Caminé sin dirección alguna. Una patrulla se acercó para “cerciorarse” si todo iba bien. “Todo bien” -dije. “Y esa sangre”, “me caí en una coladera”, contesté y seguí mi camino. En la plaza Carrillo tomé un taxi. Le pedí al chofer me llevara al lugar del accidente. El chevy estaba desecho por fuera, saqueado por dentro. Algo me perturbaba, ¿dónde carajos estaba la maleta de Nico?, ¿qué harían unos asaltantes de pacotilla con pañales, biberones, baberos, sonajas, chupones?, ¿con qué derecho se llevaban la carreola con la que mi hijo sale a pasear a los centros comerciales? ¿Qué sentimientos gobiernan las cabezas de estos hombres? ... Me sentía totalmente destruido y vulnerable…

Eran las 4 de la mañana. Antes de ir al hospital fui a casa a pedirle una disculpa a Nicolás por no haber sido capaz de rescatar sus cosas. Hizo pucheros cuando lo desperté y la vida volvió a cobrar sentido y dirección. Después me fui al hospital civil. Llegué al área de urgencias y me sentí ridículo. Caminé entre balaceados, acuchillados, zombis, tuertos, cojos, moribundos. A mí solo me dolía un poco la cabeza y el cuello. Tenía vidrios diminutos enterrados en la frente que no me molestaban pero que tampoco eran estéticos. En realidad, lo que me importaba era el reporte médico, no tenía ganas de trabajar la semana entrante y necesitaba una justificación.

Dos jóvenes enfermeras me limpiaron la frente, extrajeron con mucho cuidado los vidrios enterrados, después me tomaron la temperatura y por último revisaron los niveles de glucosa. Para entonces, unos hilitos muy delgados de sol comenzaban a salir. Ante la falta de espacios, me sentaron en una camilla con una señora vieja que no dejaba de quejarse. Me pregunté por qué no había acudido a un hospital particular. Despejé mis dudas: preocuparse demasiado por la salud personal es vanidad absurda.

Una enfermera morena y de malos modales me pidió que me bajara el pantalón. Me negué rotundamente. “No le estoy preguntando, bájeselo o se lo bajo”. Una aguja se introdujo en lo más recóndito de mi nalga derecha. Fue como si me hubieran inyectado una ponzoña venenosa. Lo acepto, soy un cobarde y las inyecciones me producen escalofríos. Enseguida me mandaron hacer radiografías en cuello y espalda. “Tiene usted una rectificación en columna y un esguince en el pescuezo”, dijo el doctor como si se refiriera al averío de un vehículo viejo. “Le vamos a poner este collarín rígido”. Me faltarían palabras para describir el dolor que sentí al tener ese artefacto conectado al cuello. Estuve en “observación” el resto del día. El dolor no cesaba y los mareos eran insoportables. Por la noche del día domingo fui dado de alta. Me sentía aun mareado y torpe. Maldije a los asaltantes y a las madres que los parieron. Maldije al equipo Morelia. Maldije el instituto donde trabajo. Maldije al cielo.

Llevo cuatro días en “reposo absoluto”. Soy una molestia para todos. Un cuerpo inútil y bueno para nada con un collarín en el pescuezo que me impide voltear a ver mujeres hermosas. Lamento no poder cargar a Nico… La pregunta es: ¿hasta cuándo?, los charlatanes o los doctores –es lo mismo- dicen que por lo menos un mes…carajo, odio este puto collarín.

24 de octubre de 2011

Puga


-¿Cómo te llamas?

-Puga.

-¿Puja?

-Puga, con “ge” –contesta la muy perra, orgullosa.

-Deberías llamarte Deyanira, Casandra, Alexandra, Daena, Kimberly…Puga no es el nombre para ninguna puta. Puga suena a nombre de algún taller de refacciones.

-Deja de hacerme perder el tiempo, ¿qué quieres?

-Nada, platicar con alguien.

-Véte a un café, aquí se viene a coger.

-Te voy a pagar, da lo mismo.

Puga respira hondo. Se asila el pelo hacia atrás con ambas manos. Busca y luego saca un cigarrillo blanco de una billetera dorada colgada de uno de sus hombros. Da tres caladas, rápidas.

-¿A qué te dedicas? –pregunta Puga.

-A matar gente –contesta el otro.

-Jaja…. sí como no… con esa no pinta no matas ni una mosca –dice divertida la tal Puga.

-No necesito que me creas.

Puga no para de fumar. El humo se estrella contra la cara del sicario.

-Pareces banquero…. mejor dicho, cajero de banco –dice Puga.

-Jaja….vaya, vaya... Que te parece si nos vamos de esta pocilga. ¿Cuánto cobras por irte conmigo?

-Tendrás que arreglarte con ese panzón que está sentado ahí –Puga apunta a un tipo bofo con aspecto de abandono, de profundas y negrísimas ojeras y semblante cansado.

La suma queda en mil doscientos. El hombre le advierte dos cosas:

-El pago equivale a una hora. Si hay otro cabrón, habrá que pagar más -dice sin siquiera voltear a ver la cara de su cliente-. El hombre gordo está por decir algo, duda, tartamudea y finalmente agrega: nada de mordeduras o cosas raras.

Equis se queda pensando en lo de “cosas raras”.

-Entendido –contesta, y se retira.

Toma del brazo a Puga y se largan de ahí.

El motel se llama El Eclipse. Se les asigna la habitación 6. Puga echa un vistazo y corre con prisa al baño. Al salir, equis le pide a Puga que se quite la ropa. Ella obedece. Puga posee una belleza sencilla. Tiene la tez blanca; los pechos flácidos, grandes, salpicados de pequeñas pecas. El vientre lo tiene marcado por sensibles estrías, que con un poco de imaginación se puede apreciar la imagen de un continente, de un país. Tiene depilado por completo el sexo. Lleva las uñas de los pies pintadas de verde limón, parecen luciérnagas asustadas. Equis ni siquiera merece ser descrito. Solo diremos que es un tipo gris. Es de esas personas que te encuentras a diario y al día siguiente lo vuelves a ver y nadie lo recuerda.

-Ahora vístete de nuevo. –Puga hace cara de sorpresa. Intenta decir algo, pero se detiene. Recoge las bragas del suelo y se las pone. Lo mismo hace con el sostén. Se sienta en la cama, a un costado de él. No se dicen nada. Permanecen largo tiempo en silencio. Puga busca la billetera dorada, saca un cigarrillo y se lo lleva a la boca.

-No fumes, por favor, me molesta el humo.

Puga no hace ningún gesto. Se deja el cigarrillo en la boca y guarda el encendedor en la billetera.

-Sabes que se siente matar a alguien –pregunta equis.

-No –contesta con voz suave Puga.

Hay un largo silencio. Afuera, en la calle, se escucha el murmullo de los autos.

-¿Me vas hacer algo? –pregunta Puga carente de emoción.

-¿A qué te refieres con algo?

-¿Me vas a matar? –pregunta Puga, sin miedo.

-Sí, pero hoy no, quizá mañana.

-No has cambiado nada, eres el mismo pero con lentes y con menos cabellos.

-Y tú luces más hermosa que hace diez años.

Puga suelta un largo suspiro. Él continúa:

-Diez años buscándote.

Otro silencio. En la habitación continua se escuchaban tímidas risas. Risas preliminares al jadeo, al choque de carnes, al escándalo de la humedad.

Puga se tira en la cama, boca arriba. No piensa en nada. Estira el brazo y busca a tientas tocar alguna extremidad de equis. Logra entrelazar los dedos de ella junto a los de él. Equis le mece los cabellos tiernamente de arriba hacia abajo y viceversa, hace pequeños círculos, todo muy despacio.

-¿Quieres que te la chupe? –pregunta Puga.

-Sí, pero hoy no, quizá mañana.


21 de agosto de 2011

El Parto




La madre de la criatura rompió aguas cerca de las 9 de la mañana. Al menos eso era lo que creíamos. Era 18 de agosto. Era una mañana caliente del verano californiano, a 103 grados fahrenheit. Es una obligación de un hombre común y corriente maldecir al cielo cuando no hay nubes en el horizonte, y eso hice. Manejé desesperado en una ciudad desconocida. Entramos al hospital a las 10. Un par de enfermeras de miradas neuróticas la recibieron. No parecían impresionadas.

—Váyase, nosotros nos encargamos –dijeron de manera campante.
—Pero… -no concluí la palabra-.
—Aquí usted solo perderá el tiempo, además el doctor no está, nosotros nos encargaremos de prepararla.
—No, no te vayas –dijo ella- lo menos que puedes hacer conmigo en estos momentos es solidarizarte, te necesito.
—Ya escuchaste a las enfermeras, tengo que seguir piscando. Necesitamos el dinero para los pañales, la leche y un sin fin de cosas. Más tarde regreso.
—No te muevas de aquí. Lo que deberías hacer es preguntar por el paquete del video de parto y las fotografías.
—Eso está prohibidísimo, cariño. Además es de mal gusto –dije yo.
—Tenemos que irnos… el paquete cuesta 100 dólares –dijo la enfermera.
—Santo cielo, eso es un dineral, lo haré yo mismo con mi celular.
—¡Estás loco, paga, no seas codo!... además te mareas cuando hueles la sangre de pollo, no lo soportarás.
—Soy hombre, no payaso.
—Es hora –dijeron las enfermeras.

En el fondo tenía razón. Siempre he padecido a la sangre y a los hospitales. La sangre me produce mareos y los hospitales tics nerviosos. Pero había algo que no terminaba de entender, en qué momento el morbo invadió la vida de un recién nacido, era un exceso andar grabando o tomando fotos a mujeres maltrechas recién paridas y a cuerpecillos sangrientos acabados de salir. Sin duda, se trataba de una profanación a un recinto donde se da vida.

Grabé en mi memoria el número de la habitación: 4242. En seguida me puse a releer el Gran Gatsby de Scott Fitzgerald. El día transcurría lento y aburrido. Veía a padres desesperados ir y venir de un lado a otro. En la sala de espera algunos padres veían el televisor, novelas mexicanas del año del caldo. Hojeé una revista de madres. En la página 37 leí lo siguiente: “en las mamás primerizas, la dilatación dura una media de 10-12 horas, el expulsivo, unos 20 minutos y el alumbramiento una media hora como mucho. Si por el contrario no eres madre primeriza, los tiempos varían bastante, de 6 a 8 horas la dilatación, el expulsivo unos 10-15 minutos y el alumbramiento 15 minutos.” Joder, me esperaba un largo día. Cerca de las 5 de la tarde, me avisaron que no había roto aguas, pero que ya no tardaba, sentía contracciones dolorosas de manera regular, las contracciones indicaban que el cuello del útero se ablandaba y se acortaba para empezar a dilatarse, lo más aconsejable era no moverse del hospital. Enfadado y harto me fui a caminar por ahí. Regresé cuando estaba oscureciendo. Una enfermera vino a mi encuentro.

—Puede pasar a verla, 5 minutos, no más.

La futura madre dormitaba cansada en una cama. Tenía varias mangueritas conectadas a los brazos. El globo blanco era una ampolla de tortura que sobresalía debajo de las sábanas, palpitante. Con la voz blanda, débil y jadeante me dijo lo siguiente:

—Voy a morir, Salvador, ahora sí serás feliz y libre para siempre.
—Por el amor de Dios, no digas tarugadas.
—Hazte cargo del niño de vez en cuando. Se lo quedarán mis papás. A veces eres buena persona pero siempre mala influencia. –Momentos después una contracción hizo que se le retorciera todo su cuerpo hinchado.
—Haga lo posible por dormir, señorita –recomendó la enfermera.
—No tengo sueño –contestó ella.
—Haga el esfuerzo porque los próximos 18 años no podrá.
—Tiene que irse –me dijo la enfermera.
—No te vayas a ir del hospital, presiento que voy a morir, y te recuerdo que por tú culpa estoy a aquí -agregó antes de que me marchara de la habitación.

Afuera flotaba en el aire una espesa capa de angustia, desesperación y cansancio. Padres primerizos que se mecían los cabellos, otros, los experimentados, hacían un recuento de las horas que sus mujeres habían tardado previo al alumbramiento.

—36 horas y 25 minutos duró mi esposa –dijo uno.
—La mía duró 57 horas, 3 minutos y 7 segundos –expresó otro.
—No me la van a creer, pero mi mujer duró 5 días y 4 noches, 34 minutos y 18 segundos –se aventuró uno más.

Hablaban como sí se tratara de una competencia de caballos. El ambiente me puso de mal humor. Ya había oído suficiente. Era mejor irme a descansar. No había nada que hacer ahí. De vez en cuando se escuchaban aullidos de una mujer quejumbrosa.

¿Qué puede hacer un hombre en las salas de espera de un hospital? o peor aún, ¿qué puede hacer un hombre dentro de la sala de operaciones mientras una mujer está por parir? Nada, nada es la respuesta. Es tan inútil como el par de senos que lleva en los pectorales.

A esas alturas del día, los futuros abuelos del crío hicieron acto de presencia. Era el momento preciso para marcharme. Un baño de agua caliente, un caldo de pollo y recostarme algunas horas, era lo que necesitaba. Me despedí de los futuros abuelos. Me miraron con odio, sin decirme nada. Y me marché. Era la una de la madrugada. Era un nuevo día.

Al llegar a casa no había nada; el generador del agua se había descompuesto, no había nada que comer y no pude dormir. Una extraña sensación de remordimientos me acosaban. Salí a fumar un cigarrillo, es el deber de todos los padres del mundo. No terminé de fumarlo. Mejor me serví un trago de vodka con tonic. Por cada trago que daba, una punzada de culpabilidad me invadía por no estar ahí. La tradición me obligaba a tener que solidarizarme, sus palabras me retumbaban en todo mi ser, “no te vayas a ir, es tú deber”. Era una obligación compartir el dolor personal, había de por medio una herencia común. Mi ausencia sería imperdonable. Cuando la criatura tuviera conciencia, quizá se enfadaría sí supiera que su padre dormía mientras él se debatía entre la matriz y la vida en la tierra. En esos momentos recordé la historia de mi madre. Sin entrar en detalles, mi padre había preferido irse a un festival de rock mientras un servidor daba las primeras bocanadas de aire en el mundo. Unos goterones corrieron por mis mejillas. Terminé de tomarme otro vaso de vodka con tonic. Me enjugué la cara, me cepillé los dientes y manejé a 100 por hora. Soplos de aire cálido provenientes del Valle de San Joaquín entraban por la ventana del auto. Me pasé todos los semáforos en rojo, no me importaba que el sheriff o el paltrow police pudieran detenerme, yo tenía que estar ahí.

Arribé al hospital de nueva cuenta a las 5 de la mañana. Era 19 de agosto. En la sala de espera encontré menos padres. Ya nadie discutía. Había un silencio demencial. Sus rostros pálidos reflejaban cansancio, hastío, sueño. Algunos dormitaban a ras de suelo. Era una imagen deprimente. Agradecí al Señor no encontrarme con los padres de Martha. Pregunté por ella a una recepcionista que hablaba mitad inglés y mitad español: “yo no la miro for here, no have information, señor”. Carajo. No había noticias. Me senté en una silla. El tiempo seguía escurriendo, sin prisa. Me quedé dormido como una piedra aproximadamente 3 horas. Una mujer tuvo la impertinencia de despertarme, era la madre de Martha. Me informó que a las 11 de la mañana Martha ingresaría la sala de partos. La hora estaba por llegar. Antes de que cualquier cosa fuera a pasar, me fui a llenar la barriga de comida. Fui a un mercado parecido a los que hay en México, comí un taco de bistec, uno de chorizo, una tostada de camarón y una agua de limón, estaba hasta la madre de comer hamburguesas. El reloj marcaba, las 10 con 47 minutos.

Ingresé a la sala de partos. Había sido aprobada la presencia de dos personas. Una era la mía y la otra su mamá. Una vez dentro, vi el cuerpo abultado revolviéndose de dolor, de desesperación, de ansiedad, de sufrimiento. No encontraba palabras de consuelo. Solo los clichés de siempre: “ánimo”, “todo estará bien”. De pronto, los achaques me arremetieron. Primero, un parpadeo constante, después, golpecillos cardiacos con sudoración en toda la espina dorsal me estaban haciendo pasar un mal rato. A partir de ahí, la inercia fue la misma; a ella le daban contracciones, y su madre y yo, intentábamos animarle.

En punto de las dos de la tarde, rompió aguas. Llegaron otras dos enfermeras.

—¿Lista?, es hora de pujar, señorita –dijo una de las enfermeras.
—Sí fuera señorita no estaría pariendo un chiquillo –exclamó la sobredicha.
—No es momento de discutir eso –dijo sensatamente su madre- y haz lo que te indican.

Bañada en sudor, con las sábanas húmedas, la boca torcida, las piernas dobladas y abiertas, se escuchó un alarido como un animal en brama. El dolor cesó y respiró muy hondo. Llegó otra contracción y volvió el dolor. Llegó otra y con los ojos en blanco y desorbitados blasfemó contra el mundo, contra las pobres enfermeras, contra su madre. Entonces recordó que yo estaba ahí:

—Pero algún día me la pagarás, maldito… daría mis piernas y mis intestinos por verte en mi lugar, cretino.
—Tranquila, cariño –decía yo queriendo apaciguar-. Pero para entonces yo también estaba muy mal. Sentía mareos, jaquecas, ganas de vomitar.
—Sal de ahí escarabajo –creo que se dirigía al chamaco que no quería salir-. La verdad es que el crío se estaba portando como un autentico vaquetón. Le estaba haciendo pasar un mal rato a su madre y mí una autentica pesadilla.
—Déle más fuerte… con fuerza, ya casi –decían las enfermeras, sus voces parecían llegarme del más allá.

Una de las enfermeras puso una pastilla en mi boca y un vaso con agua.

—Tómesela, se sentirá mejor, está usted muy amarillo, y haga el favor de ponerse detrás de la cama, en la cabecera, sirva de algo –le enfermera puso una revista en mis manos-.
Me puse detrás de la cabecera y con la revista que servía de abanico comencé hacerle airecito.
El dolor se reanudó y la volví a verla forcejear. Se aferró con voracidad sobre los barrotes de la cama, le escurrían lágrimas de los ojos, tenía los labios resecos e hinchados. Le mecí el pelo hacía atrás:

—No podré soportarlo, Salvador…. No podré… -hizo un aullido que vibró en todo el hospital.
—Tú puedes –me limité a decir-. No podía decir nada, un nudo en la garganta me lo impedía. Mis mareos no cesaban, sentía pequeños ataques cardíacos, tambaleos. Ahora comprendía muy bien por que mi padre había preferido irse a un concierto de rock.

El reloj marcaba las 2:17

—Descanse… pero las posibilidades de parto natural se le están agotando. Haga lo posible, de lo contrario tendré que llamarle a doctor para que le ayude –la enfermera hizo abrir y cerrar unas tijeras filosas-. Yo sentí más mareos.
—Cuando llegue la contracción no gasté energías en gritar, concéntrese en pujar, sólo puje, fuerte, muy fuerte.
—No puedo, enfermera, no puedo mamá –dijo Martha cansada, con los ojos blancos.

Su madre con una rosario entre las manos, no paraba de orar. Tanto balbuceo me tenía más mareado.

—Ahí viene la contracción, enfermera. Esta vez tiene que salir. Por el amor de Dios, haz que salga –decía Martha desolada.

La enfermera previno una bandeja.

Vino la última contracción. Primero fue un quejido in crescendo. Después emitió un gruñido como una yegua relinchando, tenía la cara torcida, roja. Luego, apretó los dientes y vi como el cuello dio un giro de 360 grados como poseída por extraños demonios, después, los ojos otra vez en blanco.

—Ahí viene, ahí viene, ya los vemos, puje, siga pujando, usted puede… déle, déle…más, más… -su madre rezó con mayor fervor.

Me atreví a mirar y vi como se asomaba una cabeza llena de sangre. Después vi como salía otra cabeza. Y, cuando el cuerpecillo estaba mitad fuera, mitad matriz, vi como se agitaban tres manos con muchos dedos. No lo podía creer, mi hijo era un monstruo. Era un producto de mi vida impoluta, de mi vida llena de excesos y trasnochadas. Era producto de mis pecados, pecados graves. De todas mis perversiones. Algún día tenía que pagar y había llegado el momento.

Hilitos con olor a sangre se colaron por mis poros y sentí como se me doblaron las rodillas. Desfallecí en el preciso momento, no podía soportar aquel acontecimiento. La naturaleza y todos los dioses, se había puesto en mi contra.

Me despertó una de las enfermeras de mirada neurótica:

—Se ha usted desmayado. Recupérese, desde hoy es usted padre. Felicidades.

Hice un recordatorio de lo que acababa de presenciar. No había duda; había engendrado un pequeño monstruillo. Estaba seguro que este acontecimiento me dejaría secuelas mentales por el resto de mi vida. Apreté los dientes, estaba devastado. Pero no podía llorar. No quería que nadie me viera derramando lágrimas y se compadeciera de nosotros. Con el corazón hecho trizas, tenía que enfrentar la realidad. Además, existían muchos circos donde mi hijo podría desenvolverse sin complejo alguno. Los records guinnes no tardaría en llegar y pronto seríamos ricos y famosos. Estas últimas posibilidades me hicieron sentir mejor. No había por que avergonzarse del monstruillo. Caminé a paso seguro. Sin temores ingresé al área de cuneros.

-Felicidades, señor, está hermoso su hijo –me dijo una enfermera de buen ver, con cabellos color espiga y cuerpo ondulado.

En la ficha técnica leí lo siguiente:
Name: Nicolás Munguía
Weight: 7 libras, 4 onzas.
Length: 21 pulgadas.

Detrás del vidrio vi al chico. Parecía arrugado y feo, como un gnomo bañado en yema de huevo. Chilló como un gato cuando me lo enseñó la enfermera. Conté diez dedos en las manos, diez en los pies y un solo pene. La verdad es que un padre no podía pedir más. No pude contener las lágrimas. Sentía un rugir de olas estrellándose en mis oídos. Tenía las palmas de las manos sudadas. Sentí burbujas en el estómago, debilidad en las piernas, la boca seca. Le di las gracias a Dios. No hubo necesidad de pedir perdón.

La madre de Nicolás dormía plácidamente. Estaba exhausta. Había sufrido demasiado. Pero así era la vida: el hombre cazador y la mujer recolectora. La mujer sufre mientras el hombre se preocupa. Una tenue sonrisa se dibujaba por sus pequeños labiecillos. Me acerqué y le acomodé su cabello. Me despedí de ella en silencio.

Me dirigí feliz y satisfecho a descansar. El calor era intolerable. Yo también estaba agotado, hambriento, sediento. Me urgía dormir. Al llegar me tiré en el sofá. Soñé con mi padre y con Nicolás. El sueño era en la tierra fangosa de Woodstook. Era también verano pero de 1969. El aire olía a marihuana. Mi padre cargaba en los hombros a Nico. Bebíamos cerveza. A lo lejos se escuchaba a Joe Cocker cantar you are so beautiful. Estaba por venir lo que todo mundo esperaba. Juntos salieron el primer rayo de luz y Jimmy Hendrix. Miles de almas enloquecieron. Poco me importaba Jimmy, yo enloquecía cuando veía los ojos desorbitados y malvados de Nico buscando un punto fijo. Jimmy pedía un par de minutos para afinar. Juntos escuchamos el wah-wah de su strocaster blanca, eran los primeros acordes de voodoo child. Carajo, los tres presenciando un hecho histórico, inmortal. Era un sueño. Era un hermoso y dulce sueño. Ahí estaba el origen de mi vida y mi única herencia tangible, real, viva, de carne y hueso, producto de mis entrañas: Nico.