24 de agosto de 2009

Sin remitente






Espero, al menos, tocar con mi voz aquellos lugares donde te encuentres, dejar que mis pensamientos viajen hasta tocar tu piel, lograr que mis sueños besen tu cuerpo, que mis deseos puedan susurrarte todas las palabras que yo jamás podré...
Anónima




Por: Salvador Munguía


Cuanta razón tenías en advertirme que en este lupanar, solo existíamos tu y yo. Y me reiterabas en no confiar en nadie, “solo en mi”, decías, la siguiente frase era, “pero en el que menos debes confiar, es en ti Salvador, no eres de fiar”. Y yo reía sin saber que decir. Pero que razón tenías. Si no puedo confiar en nadie, mucho menos en alguien como yo. Entiendo perfectamente porque te fuiste. Soy un hombre imperfecto, inseguro, abúlico, un tipo devaluado. El resultado de interminables derrotas y tú como mi única victoria. Lo siento, no estoy acostumbrado a ganar.

Hiciste bien, irte fue una correcta decisión. Sabía que te marcharías, lo que me sorprende, es que hayas esperado tanto. En cuanto a no hacer nada por detenerte, hasta el día de hoy me lo pregunto. Maldita mi inmovilidad, maldito sea mi valemadrismo, mi indiferencia, mi apatía, mi cobardía -¿los cobardes tienen derecho a opinar, a actuar, son capaces?-. Lo hecho, hecho está, el arrepentimiento no conduce a la salvación, está comprobado.

Leí por ahí, “el amor es tenerlo, estropearlo y echarlo de menos”. Que sabia sentencia, ¿no crees? Nos amábamos, nos teníamos…y todo se fue al carajo. Hoy los meses de no verte, se han convertido en años y los minutos en horas y las horas en una eternidad.

Ya sé que no quieres saber nada de mí. Tampoco sé a donde enviarte esta carta. Has cancelado tu email, y en la casa donde algún día vivimos, solo quedó el olor a caricias del ayer. Donde quiera que estés, te confieso que no pude seguir habitando aquellas paredes en las que algún día nos amamos, las mismas que me dejaste de amar y las mismas en las que después me odiaste. Tras esas paredes, en las que tú eras la luz y el calor y la alegría y todo, tras ellas solo quedan recuerdos amargos. Ahora nos queda el dolor de dos viajes distintos, de dos viajes por separado. ¿Fuimos felices?… Difícil de decir, ahora que los recuerdos nos engañan.

No sé si te importe, finalmente me vine a Europa, no me vine de aventura, como siempre lo pensaste. Tampoco por huir de mis “compromisos”, o porque según tú, estaba en la crisis de los 30. El miedo a (por fin) madurar, el miedo a comprometerme, miedo a tener una estabilidad emocional, laboral y por ende financiera, y toda esa basura que cargas con los años. Sobra decir, que no huía de ti, que paradoja, fue al contrario. Pero pensando bien las cosas, si huí, huí por miedoso, inmaduro, irresponsable, irreal y, si no te hubieras adelantado, huiría de ti, seguramente.

Como no te despediste, y no dijiste a dónde ibas, si es que algún día estás en España, y quieres visitarme, –lo dudo- vivo en Barcelona. Es un edificio de los años ochenta (donde vivir cuesta; los dos ojos, 5 dedos, una oreja) está ubicado en el seguro y cómodo barrio, Eixample, entre la calle Roger de Flor y Consejo de Ciento, muy cerca de la plaza Tetuán, a 10 minutos del centro de la ciudad, y te presumo, a 25 minutos caminando a la playa. Es una ciudad hermosa, aunque cara. Pero estoy seguro que le cuesta menos a gente sin esperanza, a tipos sin sueños, a hombres que no saben que hacer con su puta vida, a personas pesimistas, como tu servidor.

Como no tengo a quién escribirle sobre mi estancia en esta calurosa ciudad, no me importa que no te importe. Pero te cuento:

Me levantó al medio día. Después, preparó algo de desayunar (si, increíble, pero lo hago) salgo a comprar el periódico, reviso mi mail -en vano, nadie me escribe, lo abro esperando saber de ti-. Soy un escritor frustrado, pero me entretengo escribiendo cualquier cosa. Aquí viene la parte que menos disfruto; buscar trabajo. Lo hago a través de 3 distintas formas, en foros de red, en la sección de clasificados y mirando en la calle. Ninguna ha funcionado (no estuve dispuesto a lavar platos, mucho menos a repartir papelitos en la calle). La hora esperada llega cerca de las 5 de la tarde, cuando los humillantes rayos del sol se compadecen. A esa hora, camino a la playa, en el camino compró cervezas, naranjas y duraznos. Te recomiendo en caso de que te decidas venir, visitar las playas al atardecer, antes de esa hora, es un caos. Es verano y habrá que prevenir sus consecuencias; niños, señores y señoras, juegos deportivos, música, gritos, escándalo. Imposible tener un poco de silencio. Pero como si no bastará, por estás fechas los italianos han invadido las playas, son insoportables, déspotas, presumidos, altaneros, vanidosos hasta el tuétano, visten como maricas, se comportan como tal, no se despeinan ni cuando salen del agua, en pocas palabras son unos afeminados. Las italianas tienen las mismas características, pero se les perdona, son bellas, son mujeres. De los francés ni hablar, malditos engreídos, creen saberlo todo. Otros que trato de evitar, son a los peruanos, son feos, sin excepción.

He encontrado la forma para aislarme a esas horas de bullicio, conecto el ipod con 10000 mil canciones y un chingamadral de grupos, por ahora escucho poco, entre ellos, El Harvest de Neil Young y uno titulado Electrid Mud del genial Muddy Waters. Sí, Muddy, el mismo negro con el que soñaste más de alguna ocasión, después de haberte contado que, según un libro que escribió una de sus tantas amantes, poseía una de las vergas más grandes, y dicen que no era un chisme inventado, años más tarde, otra mujer volvió a constatarlo en una biografía no autorizada de Muddy, en donde afirmaba que el cabrón aparte de conservar esa potente y grave voz, conservaba un falo monumental.

Volviendo a mi insípido itinerario. Cuando por fin la noche llega, y el silencio se va haciendo eso, silencio, me concentro para no pensar en nada, en nadie, ni en ti. La calma del mediterráneo es enternecedora. Después, para despertar del letargo y de paso sacudirme la arena, los malos pensamientos y la calor, me meto a nadar cerca de 15 minutos, no más. Te resultará increíble y pensarás que soy muy fantasioso, pero he visto sirenas nadando alrededor mío, algunas me han sonreído, otras solo me ven de reojo, desconfiadas, para la mayoría, les soy un ser indiferente. No estoy loco, las he visto, con toda esa famosa y mítica cola de pescado, con todos sus pechos frondosos, tersos y desnudos, son hermosas.

Pasadas la media noche, compro otro tanto de cerveza. Es mejor hacerlo en algún supermercado, te ahorrarás buena plata. No te preocupes por la policía, no pasa nada si bebes en la calle o si fumas un porro. Sé que no lo harás, pero intentes orinar detrás de un coche o en un callejón oscuro, ahí sí, son unos hijos de puta. Si caminas por las ramblas, verás lo molesto que es encontrarte gente ofreciéndote cualquier cantidad de idioteces, a excepción de los paquistaníes que te venden cerveza por un euro, y hachís por 5, pero son tantos que a la larga, se convierten en seres estorbosos y enfadosos, una especie de muertos vivientes. Ahora que estoy recomendadote cosas, ve a comer a L'OLIVÉ, es un restaurante agradable, servicial, prepararan comida mediterránea y catalana, cualquier platillo es exquisito, pero haz la prueba y pide brandada de bacalao, espaldita de cabrito al horno, no te arrepentirás. Para perder el tiempo y como sé te gustan los museos, visita (obvio) el museo Picasso, (de no ir no te perderás de nada), ve al castillo de Monjuic y a las casas que diseño Gaudí, y ya, lo demás no vale la pena. La catedral de la Sagrada Familia, es una mamada, una estafa y tomada de pelo. Si después de visitar los museos, te vuelve a dar hambre, métete a un restaurante italiano, japonés o mexicano, cualquier cosa, pero por favor, no comas los famosos kebabs, sean turcos, indios, o paquistaníes, da lo mismo, no dejan de ser pellejos de cordero, o de pollo, para mí que son de gato, son lamentables.

Visita el Raval y el barrio gótico. No te quiero alarmar, ni jugar con tu paranoia, pero ándate alerta. Carga poco dinero y ese gas que traes en los bolsillos puede servir.

Lo del dinero es impresionante, aquí (como en todos lados) hay gente que lo huele a distancia. Las putas nigerianas, como ejemplo. Ellas son las que talonean todos esos barrios. Tienen mejor olfato que los perros. Huelen todo. Huelen el miedo, huelen la inseguridad, la ingenuidad, la excitación. A mí no sé que me olieron. Seguramente el olor a exceso de alcohol. Miedo no era, excitado tampoco, ni mucho menos dinero. Pero cuando se me acercó aquella tripleta de abejas negras, dispuestas a atracarme, sabía que estaba en problemas. Tienen una estrategia como las hienas. Te olfatean y poco a poco se van acercando, van midiendo la distancia, van provocándote con palabras mal pronunciadas en español,” te chupo tus huevitos sudaditos papi”, dicen. Se van riendo, como las hienas. Te van arrinconando. ¡Y zas, la jauría ataca!, y cuando eso pasa, estás perdido. Pero no lo estuve. Metí hábilmente la mano al bolso que me cuelgo en el cuello, saqué un bolígrafo, y con otro rápido movimiento, tomé por la espalda a la más chaparra del grupo, la apreté contra mí y puse el bolígrafo sobre su cuello. Una empezó a maldecirme en nigeriano, otra le corrió. Mi presa estaba asustada. Lo supe porque desprendía un olor agrio, amargo. Sudaba, gemía. Cuando se tranquilizo, la solté. Violaron una regla vital: “entre tiburones no nos mordemos”. Desde ese día, cambie mi ruta. Que lástima porque me gustaba caminar por ahí.

A veces puedes cambiar la hora y aprovechar tomar el sol. Te aconsejo que, no solo te tires como lagartija para achicharrarte el cuerpo, no, ve y métete, mójate cuando menos, pero mejor, sumérgete, es una delicia estar rodeado de infinidad de tonalidades en azules y verdes. Una vez que hayas hecho esto, ahora sí, toma tu revista Cosmopolitan, bébete una piña colada, tirate como iguana, que sé yo.

Para no enfadarme, de vez en cuando cambio mis rutinas. Salgo temprano de mi casa, troto en dirección a cualquier playa. Nado 15 minutos, no más. Tomo una ducha. Me recuesto en algún camastro. Desde ahí, -si ya sé que te parecerá patético- pero me entretiene observar -siempre discreto, te lo aclaro-, la infinidad de texturas, colores y tamaños de todas las tetas que habitan en el mundo. Aquí están todas: suecas, danesas, chinas, argentinas, españolas, filipinas, ecuatorianas, cameruneses, ¡todas! Hay tetas en forma de peras, de sandias, de limones, de melones, ciruelas pasa, de conos, en forma de montañas, volcancitos, cerritos, de llaves de grifo, de vaca; hay pezones rosáceos, negros, cafés, azulados, morados; chicos como monedas de céntimo, grandes como galletas cubiertas de malvavisco. Otras no tienen pezones o posiblemente son invisibles. Había una que tenía 3 pezones, no es acaso maravilloso, ¡tres! De lo que estoy sorprendido es lo voluble que se ha convertido mi vista. No es muy buena, como lo sabes. Yo diría que es extraña. Pero hay días que todo lo veo de un solo color. Por lo tanto, he visto pechos de todas las gamas: en naranja, azul, negro, las he visto blanquísimas, fosforescentes, verdosas, rojizas. Ayer por ejemplo, fue un día excepcional, todo lo vi en color púrpura. En púrpura, vi unas tetas sorprendentes, tenían un tamaño normal, en forma de naranjos, pero de un color intenso, crudo, pezones diminutos, en forma de diamante, muy brillantes. No sé por qué te estoy escribiendo esto, pero tiene una justificación. No quiero que pienses se trate de cualquier actividad insignificante, idiota, patética, depravada o pervertida, o peor aun, la actividad de un loco bueno para nada, no, lo hago intentando buscar unos como los tuyos. Vi unos parecidos, pero ninguno como tus blanquecinos y tiernos melocotoncitos.

Lo que si puedes hacer, es caminar por el malecón. Quiero que observes una cosa; cuenta la cantidad de hombres en edad avanzada que hallarás por ahí. Verás algunos viejos recargados sobre los barandales o sentados en las bancas. Los hay de todo tipo; morbosos, curiosos, chismosos, libidinosos, ociosos. Pero hay otros más interesantes; los rencorosos y los nostálgicos. Lo verás en sus rostros mal encarados. No te atreverás ni a pedirles la hora, son gruñones y odiosos. Nunca tienen compañía, se apartan de ellos como de un leproso. Los justifico. De llegar yo a esa edad, haré lo mismo que estos viejos. Me vendré a estos mismos malecones. Observaré por horas, aquellos cuerpos hermosos y desnudos con envidia, nostalgia y tristeza. Seguro estaré envidiando -como imagino hacen estos- esos cuerpos, sanos, fuertes y joviales. Pero sobre todo, el coraje de no poder nunca más poseer y desflorar aquellos esculturales cuerpos de hermosas doncellas. E imaginarlo me pone muy triste. Espero no llegar a esa edad.

Podría escribirte tantas cosas, pero ¿cómo saber que leerás esta carta? Y por otro lado, es tan ordinaria e insípida mi vida, que lo que te diga no te sorprenderá. Tengo algo que podría interesarte, en estos días te lo cuento. Seguro te sorprenderá. Espero.

Lea el próximo lunes, la segunda parte de esta rencorosa y pesimista carta.


15 de agosto de 2009

Mi amigo Lencho




Por: Maicol Bravísimo.

Curioso día para que la marrana llegara al mundo, era un 17 de diciembre, por cierta temporada donde abundan las bodas en mi pueblo, y posiblemente en todo el país. Ese día se casaba la prima Antonia, la boda se celebraba en el centro de la ciudad. Las corraletas de la casa de mi abuela, tan populares en el pueblo, estaban listas, las carnitas ya estaban en el caso, el aroma a tocino era exquisito. Mientras todo eso ocurría, la pobre y olvidada Ramona estaba a punto de dar a luz, y nadie estaba dispuesto a perderse aquel acontecimiento histórico, por una puerca. Hasta que a la perspicaz de la abuela se le ocurrió dejar un encargado. El encargado, fui yo, y no estaba mal, de hecho me sentía feliz de realizar dicho encomienda, al fin y al cabo, que mi prima, la otra marrana, ni me caía bien.

Así entre fiesta y celebración llegó Lencho, tercer hijo de Ramona, la marrana. Un lechón rosadito de pelos de elote.

Por haber tenido éxito con el nacimiento de Lencho, mi abuela me premió. Mi labor consistiría en engordarlo, para cuando creciera venderlo por kilos, tarea que le encargaba a mis hermanos y primos, con tal de no andar espiando a las muchachas cuando se bañaban en el arroyo, que estaba justo a un lado de la casa de mi abuela. Bueno, no sé si eso lo hacían todos, pero el día que mi mamá me cachó espiando a Camelia, me llevé una chinga de aquellas, Camelia era una muchacha de 13 años, que en lugar de pechos, tenía un par de pequeños lunarcillos, mejor dicho, un par de piquetes de mosco. Aunque, yo los recuerdo hermosos, algún día le crecerían como nuestra antojada y heroica, Rosa Gloria Chagoyán, tan famosa por sus conmovedoras interpretaciones de Lola La Trailera, y como olvidar aquellas escenas, en donde la Gloria se pasaba el jabón por el cuello, para de ahí deslizarlo a sus exuberantes caderas. Nomás de acordarme, se me levanta el ánimo. En fin, regresando al tema, mi obligación era sencilla: engordar a Lencho. Salía de la escuela y lo primerito que hacía era pasar a los corrales con mi bote lleno de comida, les repartia a todos, pero las mayores raciones eran para Lencho. Su comida favorita, eran los pedazos de la torta de huevo con frijoles que me daba mi abuela, que las dejé de comer, a raíz de un estruendoso y sonoro pedo en medio de la clase de historia, justo al momento de estar exponiendo delante de todo el grupo. Desde ese fatídico día, no las comí más, hacía lo posible por cambiarlas por las de milanesa o jamón de alguno de mis compañeros, fue en vano. Como lo fueron las indirectas a mi abuela para que cambiara el menú, haciendo caso omiso a mis suplicas. Pero llegó Lencho, y las tortas de la abuela fueron valoradas, Lencho las devoraba con singular alegría y provecho, eso si, le provocaban los mismos problemas gástricos que a mi.

Cuando cumplí 12 años y entre a la secundaria, la UNI (las siglas no significan nada, es UNI por ser la única secundaria del pueblo) el buen Lencho llegó a sus primeros dos años de vida, y ya era todo un marranote, en cambio yo, era un niño bajito y delgado, parecido más a un niño somalí que a un niño frondoso de rancho, lo único de rancho era mi overol y mi cara de menonita. Eran momentos de suma alegría, recuerdo con emoción aquellos días en que me trepaba encima del puerco, el cual corría como caballo de pura sangre, y en 15 minutos estaba a la puerta de la escuela. Y no solo me llevaba a la escuela, Lencho disfrutaba enormemente ir al cine. En una ocasión en que nos trasladábamos al recinto cinematográfico (que en realidad era un salón de fiestas y reuniones con 50 sillas de plástico de cerveza corona y una dulcería en la entrada) a ver emocionados el estreno de la memorable película, “El Arracadas”, interpretada por el genial charro de Huentitlan, Vicente Fernández. Ese día, la abuela me puso a limpiar el corral justo a la mera hora, al llegar, la sala de cine estaba llena, a punto estaba de perderme a ver a uno de mis ídolos de la infancia, pero ya iba preparado, me fui con el overol menos viejo, mis votas de hule bien puestas, un bonito sombrero de rafia que mi madre me regaló, y el atractivo del pueblo, Lencho, que dicho sea de paso, iba bien bañadito, y yo montado feliz encima de él. Gracias a mi gordo amigo, conocido por todos, entré sin mayor problema, él también lo estaba, orgulloso movía el rabo de un lado a otro. Cuando llegaba el momento del intermedio en la película, Lencho sabía lo que tenia que hacer, guiado por el encendido general de las luces, el aroma que sé yo, salía con su parsimonioso paso hasta la dulcería, donde don Miguelito, el encargado del puesto, le amarraba alrededor de su grande cuello, una bolsa de palomitas, unos cacahuates garapiñados y mi agua gaseosa de sabor naranja, y para él lo que don Miguelito le regalara, delicado no era. Una vez que don Miguelito lo surtía, regresaba con la mercancía hasta el lugar que ocupábamos y continuábamos con la función. A mi las palomitas hasta la fecha, me producen terribles problemas gástricos, y antes de que algún accidente ocurriera, optaba por dárselas a Lencho, pero el cabrón tenía una admirable digestión, en cuestión de segundos, salían sórdidos ruidos acompañados de un olor solo comparable al de un muerto en descomposición, y muy a pesar de la popularidad de Lencho, sus problemas gástricos terminaban por estropear la función. Don Miguelito amablemente nos pedía que nos retiráramos, nos llevábamos algunas rechiflas, pero de ahí no pasaba, no voy a negar que me sonrojara un poco, pero a Lencho le valía madre. De regreso a la casa, le daba consejos a Lencho sobre como debía comportarse en público, pero en la siguiente función pasaba lo mismo, aun con todo, Lencho era un noble porcino.

No me quejaré de los años que pase felices al lado de mi marrano, que abarcaron una etapa entre finales de la secundaria y buena parte de la preparatoria, pero la compañía de Lencho, aunado a mi humilde vestimenta (las mismas botas negras de plástico y mi sombrero de rafia) en nada me beneficiaba para acercarme a la hermana menor de Camelia, Socorro, una chica que tenía la misma edad que yo, que dicho sea de paso, más fea que un crimen cometido a plena luz del día, ni por las múltiples invitaciones a comer tostadas de pata con salcita verde. Solo existíamos Lencho y yo.

Para cuando terminé la prepa, mi madre decidió hacer una fiesta para festejar al único hijo que dejaba el rancho para tener un mejor futuro. El agasajo se planeó en grande. Entre los invitados estaban el cura, el anciano de Don Refugio que era nuestro presidente municipal por quinta vez consecutiva, y acompañado de éste, su joven esposa, el boticario a quien conocíamos como don Boti, don Pedro, el empresario, el lechero, que medio mundo opinaba que teníamos un gran parecido, y uno que otro gorrón. El platillo, para variar, eran carnitas acompañadas de corteza de cerdo, en salsa esmeralda (chicharrón en salsa verde). La cena comenzó, los invitados tomaron sus lugares, y la plática giraba en torno a la gran hazaña, el joven dejaba el pueblo para lograr sus sueños y poner en alto el nombre da la familia. Don Refugio, hizo un brindis por el embarazo de Yolandita, su joven esposa, don Boti el boticario anuncio la próxima apertura de otra sucursal, Don Pedro también celebró por haber financiando la pavimentación de la avenida principal, mis hermanos pequeños jugaban, los grandecitos estaban espiando a las muchachas en el arroyo, se hicieron comentarios sobre los guisos, felicitaron a mi madre y a mi abuela por tan deliciosa comida, todos me daban palmaditas en el hombro y la espalda, “suerte muchacho” decían. Pero algo no me daba buena espina, le pregunté a mi madre, cual de todos los cerdos de la corraleta, había sido el elegido para coronar la celebración. Cuando el silencio reino en aquel comedor, el dulce y rico sabor de las carnitas, se convirtió en el peor de los sabores, como si me hubiera tragado 100 naranjas echadas a perder, un amargo sabor recorría mi garganta, no podía creer que aquel platillo tan suculento, era mi inseparable amigo, mi gordo, mi carismático puerco, mi noble porcino, el puerco más popular de toda La Piedad, ahí estaba él, destazado, desmembrado, descuartizado, frito y cocinado, todo para el maldito regocijo de unos cuantos gorrones y festejar una carrera que ni aún comenzaba.

Y así termino la vida de aquel pobre lechón, que lo recuerdo hasta hoy como mi mejor amigo y compañero. Que nació en medio de una celebración y murió siendo parte de otra. Paradojas de la vida.

10 de agosto de 2009

El día que no me despedí-



El día de los peces dorados.

El día que recuerdo, el arrojarte en un estanque de oro

Haber ido a visitarte,

El ser inoportuno.

Regrese a mi manicomimio; a dormir ocho horas.

Mis sueños siempre fueron en tu jardín.

Vivíamos con los perros, rodeados de peleas de ardillas.

En septiembre, todos corrían, dispersábamos el aire con hojas de elote.

Alguna vez el coyote no huyo Carmelita.. y nos hablo de la luz eterna.

Cuando las nietas hablaban y reían, tu reías Carmela.

Los cuconitos, el pavo y los patos han decidido no hacer ruido esta noche.

Hoy, miramos las estrellas, vemos a Saturno, a la charanda correr por la lluvia y nos hemos preguntado por tí, por la durmiente, por la lluvia, por el maíz, por el agua, por los pájaros y el arroz.

Adiós Carmelita.

4 de agosto de 2009

Los 3 amigos


Por: Salvador Munguía


Y ahí estábamos los tres, hartos de nosotros mismos, hartos y hastiados de vernos las caras a diario. Hartos y cansados de ir y venir y luego volver a ir y venir por estas malditas calles húmedas y empinadas, noche tras noche tras noche. Y ahí estábamos los tres, ayer, hartos y embriagados de licor de yerbas y de cerveza y de vinos tintos y de vinos blancos y de vinos de verano. Y ahí estábamos los tres, afuera de la “La Reixa” vomitando los licores de yerbas y los vinos tintos y los vinos blancos y los corajes y los rencores y las entrañas mientras una extraña mujer bailaba y se reía de nosotros. Y ahí estábamos los tres, con una daga en la mano, un tenedor y un cuchillo, dispuestos a clavarla en la panza, en la cabeza, en la yugular o en el ojo del otro y del otro, borrachos y muy atentos a cualquier indeciso movimiento. Y aquí estamos los tres, hoy, en otra ciudad, en otro lugar cualquiera, comiendo en paz, en silencio, respetándonos y tolerándonos, odiándonos y apreciándonos, con una daga, un tenedor y un cuchillo, siempre sujeto en una de las manos.

29 de julio de 2009

Tan cerca de Capote y tan lejos de Proust


Por: Salvador Munguía

Con frecuencia me han preguntado que de cierto tiene lo que a menudo escribo, algunas personas incluso se han llegado a ofender más de alguna ocasión, no sé, si con justa razón. Muchas veces, o mejor dicho, la mayoría de ellas, no me doy cuenta del daño que pudiera ocasionar o de las consecuencias de alguna basura de mis textos. Tampoco escribo sin plantearme si les puede gustar o no, si se van a escandalizar o no, si se van a molestar o no, escribo como un acto reflejo y ya. En fin. No sé si deba disculparme. Alguna vez leí que la literatura (si es que a esto se le podría llamar así) aparte de ser una pérdida de tiempo, es una gran mentira, una farsa.

Al respecto, el escritor Paul Theroux escribió, “¿Qué parte se inventa y qué parte no? Imposible saberlo”. La periodista española Rosa Montero, dice: es difícil separar el recuerdo real de lo fabulado, pues a fin de cuentas todo recuerdo es mentiroso y toda memoria un producto más o menos elaborado de nuestra imaginación”. Ella misma agrega, “cuando Truman Capote publicó en una revista los primeros capítulos de su novela Plegarias atendidas, sus amigos y benefactores de la alta sociedad quedaron horrorizados al verse despiadadamente expuestos en el libro que le cerraron todas las puertas en las narices. Capote se convirtió en el apestado, jamás terminó la novela y los ocho años que le quedaron de vida fue un puro decaer. No sé –continua Rosa Montero- como Capote no pudo preveer que pasaría eso. No sé como los escritores se dedican a atrapar y reelaborar retratos de las personas reales, como quien captura mariposas. Y concluye, “existe algo vidrioso en el uso libérrimo que ciertos autores hacen de los demás, pero en ocasiones, ¡que obras tan enormes produce este descaro! Como, por ejemplo, En busca del tiempo perdido, de Proust, en la que se pueden rastrear, y muchos estudiosos lo han hecho, decenas de nombres reales por detrás de los personajes novelescos”.

Hasta ahora no he escrito ninguna obra maestra (y dudo mucho de mi, para algún día hacerla) hoy por hoy estoy más cerca de Capote, por apestado, claro, y lejos muy lejos, lejísimos de escribir una obra maestra como el viejo Proust.

23 de julio de 2009

Celia


Por: Salvador Munguía




¡Soy un monstruo! ¡Amante de nadie y de nada!

¡Sin amar ni ser amado!

Philp Roth



─ Lo sabía−. Una vez que di la vuelta y me marché, volvió a reiterar con un tono estremecedor: “lo sabía”.

Fueron las últimas palabras que me dijo Celia. Al día siguiente me fui de Santiago de Compostela.


Soñé, más de alguna vez, como sería la primera mujer europea con la que tendría alguna aventura amorosa, pasional, carnal o de la que fuere. La soñé de rubia caballera, alta, esbelta, de cintura breve, de vivos y grandes ojos azules, de tez pálida, con dos hermosas y firmes tetas, con un magnifico culo, acento de algún país nórdico y completamente desconocido para mis oídos. La mujer del sueño, no era una mujer cualquiera, no solo era hermosa, además, se trataba de una mujer, tierna, dulce, educada, bondadosa, inteligente, respetuosa, culta. −¿Existirán ese tipo de mujeres?−. Pero pocas veces, o casi nunca, un sueño se convierte en realidad. Y mi sueño estaba lejos de cumplirse, al menos por ahora.


─ Dejaos de tomar fotos. – Escuché a mis espaldas.

─ ¿Tiene algo de malo?, ¿Quién eres tu? –Gruñí, inmediatamente.

─ No, pero eso dejaos para los japoneses, además que le ves a esta monstruosa catedral. – Reí por compromiso. Ella continúo:

─ Párate ahí, dame tu cámara, yo os tomó una, – respiré hondo, y se la di- ahora di, pa-ta-ta. –carajo me sentí un gallego, ósea un idiota, repitiendo patata.

─ Muchas gracias, debo retirarme. Hasta pronto.


Me arrepentí de inmediato de haberme salido del bar, donde media hora antes, tranquilamente me encontraba. Caminé en busca de algún lugar cercano, tenía hambre, sed y fatiga, –caminar es una actividad, o mejor dicho, una cualidad que no poseo –, mi intención era comer un ligero bocadillo, beber un par de cañas y regresar a descansar a la casa donde provisionalmente estaba viviendo. Ya dentro del bar, volví a escuchar la misma voz atosigante.

─ Tienes cara de hijo de puta.

─ ¿Y como es eso?

─ Como la tuya.

─ Posiblemente tengas razón.

─ ¿Cómo te llamas?

─ Salvador, ¿y tú?

─ Celia.

─ Mucho gusto, –dije. Dos besos en nuestras heladas mejillas confirmaron nuestra presentación.


Celia es una mujer atractiva, no es muy guapa, no es rubia, no tiene la cabellera rubia, no es de ningún país nórdico, respetuosa no lo fue, habla español, –y obvio, gallego–, es esbelta, pero sus movimientos de cadera, su forma de caminar y mover las manos, la hacen realmente encantadora. Es una mujer que no pasa desapercibida. No tiene lo grandes ojos azules, pero en cambio tiene unos pequeños y hundidos ojos color miel. Es mediana de estatura, sus tetas son pequeñas, como un par de limoncillos, pero posee unas firmes, duras y bronceadas piernas, y lo mejor; un culo maravilloso. Viste como muñeca de aparador o como cualquier otra mujer que trabaje en alguna tienda de ropa chic. A veces los prejuicios me persiguen y a simple vista, Celia me daba la impresión de ser una chica superficial, altanera y no muy cuerda. Tierna, bondadosa y culta, es lo menos que a simple vista refleja. Y creo que no me equivoqué.


Antes que las preguntas y tanta palabrería diría inicio, bebí mi cerveza con rapidez, tenía jaqueca y no tenía ganas de conversar, muchos menos tratándose de una desconocida. – ¿Cómo sabía sí no tenía intenciones de acuchillarme? –.

─ Me debo de ir, tanto gusto.

─Malditos colonizadores, ¿acaso no les enseñaron buenos modales, debieron educar a mexicanos déspotas como tu?... hostia tío.

─ Jaja. –Reí, su sinceridad y franqueza me hicieron tomarme las cosas con mayor paciencia.

─ Os propongo algo, –dijo ella. ¿Por qué no vamos por unos tragos tío?...pasamos por una amiga que está por salir del café donde trabaja, y posiblemente, hoy sea tu día de suerte. –Volví a reír estúpidamente-. Y acepté.


La propuesta no sonaba mal, llevaba un mes en Santiago y el tiempo se me había ido en nada. Me había refugiado el la tranquilidad de este pueblo intentando escribir algo digno, algún cuento valioso, alguna crónica interesante, algunas reflexiones decorosas, o por qué no, las primeras líneas de una novela que ha estado constantemente martillando mi cabeza, pero lo único que llevaba hasta ahora, eran unas cuantas e insignificantes líneas.


De mi bolsillo sustraje un par de aspirinas, las tragué con el último trago de cerveza, pagué la cuenta, y nos largamos. Durante el camino, Celia me resumió su vida. Había sido enviada de regreso a Santiago por ordenes de sus padres, se había metido en un lío con un tipo mayor en Barcelona. Detestaba vivir aquí, en Santiago, “Santiago es un jodido pueblo de piedras y agua”, decía. Sus padres vivían separados. No estaba muy cuerda. No era muy brillante, –no es ningún mito que los gallegos son retraídos, por decir algo decente-. No le paraba la boca, eso no es lo peor, lo peor de los gallegos, es que su español es pésimo, hablan rápido, a veces mezclan el gallego, otras suenan como si estuvieran hablando portugués, pero con acento español, ¡joder! Así que, existían lagunas en nuestra conversación. Yo daba por avalado algún tema o alguna pregunta, sin entender de lo que se trataba. Cuando llegamos al restaurante por la amiga, resultó que no estaba. Ya lo presentía, desconfiaba cada palabra, cada movimiento, cada suspiro, todo. No podía correr con tanta suerte, además ¿por qué debía confiar en ella?


─ Bien, no está. Que hacemos, ha empezado un chubasco. Nos metemos a otro bar, o mejor me llevas a un lugar más tranquilo, donde solo estemos tú y yo.


Atravesamos la rúa de San Francisco, después llegamos a la rúa dos Castiñeiros, hasta encontrarnos con la rúa dos San Roque, para ahí caminar por la cuesta que conduce hasta el barrio de Guadalupe, donde yo residía.

Una ligera pero constante lluvia empaparon nuestros cuerpos, nuestras ropas. Al llegar, le ofrecí una playera seca. Después fui por tequila que había dejado a la mitad.

─ Joder tío, me quieres poner borracha o me quieres follar.

─ No tienes que beber sino te apetece.

─ ¿Y follar?

─ Es igual.

─ Quiero que me folles, con la condición que lo hagas despacio, hagámoslo como si nos amaramos.


Carajo, las mujeres ¿acaso premeditan las palabras?, o ¿son tan espontáneas como para decir semejantes palabras?


Se inclinó sobre la silla del comedor, con sus pies quitó uno y después otro de sus tacones rojos, enseguida desabotonó su pantalón entalladísimo color negro que resaltaba su culo hasta quedar en unas lindas y rayadas bragas en colores negras y blancas, por debajo de “mi” playera hábilmente aflojó y después se deshizo de su brasier, recogió su cabello, voltio a verme, y dijo:

─ Es tu turno mexicano.

Cuando estaba por terminar de desabotonar mi camisa, se sentó sobre mis piernas, bajé sus bragas, segundos después, me empotré muy dentro de ella. No tenía la habilidad de una diosa sexual, podría decirse que era torpe, precipitada, arrebatada, ninguna pericia acrobática fuera de lo normal. Pero con algunos ejercicios, y práctica, podría mejorar, sin duda. Algo me impresionaba, me molestaba, mejor dicho, y era que ni durante el sexo le paraba la boca, fumaba como retrasada mental, balbuceaba, gemía, gritaba, hablaba, creí escuchar que hasta cantaba.

Cuando me corrí, y ella hizo lo mismo –eso creo-, me dijo que me amaba. Preguntó que si yo la amaba, contesté que no, “apenas nos conocemos”, dije.

─ Y que, no se necesita conocer a alguien 30 años para amarlo.

En eso tenía razón. Pero mi respuesta fue contundente.

─ No, no te amo.

─ ¿Pero lo intentarás? Promete que lo harás.

─ Ok, lo intentaré.

Como mencioné antes, “normal” no estaba. –¿Pero quién lo está?- Y mejor valía seguirle la corriente. No quería aparecer en los titulares: “Joven mexicano muere asfixiado por su amante, mientras dormía”. Los tequilas adormecieron el cuerpo y la lengua y energía de mi gallega compañera. Por la mañana me levanté a preparar de desayunar. Y ahí cometí el primer gran error, –¿cómo era posible que con una noche, y yo ya estaba preparando y compartiendo algo tan sagrado como los alimentos?, y con una desconocida. Porque una cosa es compartir un pedazo de colchón, que a nadie se le niega, y otra muy distinta, es compartir la mesa–. Cociné unos huevos estrellados, preparé un poco de café, y lo llevé hasta la cama. –Maldita sea, que error–. Ella despertó, estaba sorprendida, se levantó y se recargó sobre la cabecera de la cama, con sus grandes y hundidos ojos color miel, me vio durante unos segundos, –para mí fueron minutos, horas-, e hizo una mueca para que me acercara hacia ella, en mi oído, susurró:

─ Ves como no será tan difícil empezar a amarme. Yo ya te amo o si prefieres escucharlo en gallego: ¡eu xa che amo!

Me parecía una afirmación, obviamente vacía, sin sentido, sin razón de ser. ¿Acaso esta mujer cree que los mexicanos somos una raza de crédulos, de tontos, que cualquier cosa que nos digan lo creeremos? O, no se da cuenta que tales sentencias son fuera de lugar. ¡Apenas es una noche!, ¡una!, ¡¿Cómo es eso posible?! ¡Joder! ¡Que impertinencia!

Retiró el plato, lo acomodó a un costado de mi cama, lentamente se fue acercando, yo estaba en el borde la cama, trataba de terminar mi café, tomó mi taza y la puso sobre un viejo buró, enseguida se inclinó frente a mi hasta quedar sobre mi regazo, puso una almohada en el suelo sobre sus rodillas, bajó mis calzones, y me poseyó con su boca, y ¡oh Dios mío, que boca, que labios, que forma de usar la lengua, que manera de morder. Sus verdaderas cualidades no eran follar, eso había resultado obvio, pero una cosas es follar, y otra es lamer, succionar, chupar, tragar.

El resto del día fue lo mismo, coger no muy bien, y ella lamiéndome excelsamente. Entre los intervalos, lo que mejor recuerdo fue cuando me preguntó si alguna vez había tenido sexo con otro hombre, contesté, “no nunca, y si tu otra pregunta es, si me gustaría, mi respuesta es la misma; no nunca”. El tema sobre perversiones y fantasías continuó, ella me preguntó: si quería saber si había tenido sexo con alguna otra chica, “no me interesa”, dije. “Hostia no seas tan gilipollas”. “Bueno, has tenido sexo con chicas”, –pregunté-, “no, solo me he besado con chicas”. “¿Te gustaría”?, “Siempre que tú también participes”, -dijo.


Celia (segunda parte)


Finalizado este tema, volvió a vestirse, prendió su móvil, hizo cara de sorpresa. Me dijo que se tenía que ir, que después me llamaba. Y agregó:

─ Te amo, no me abandones. – Me besó sutilmente en los labios, y se fue.

Una semana después el teléfono sonó, era Celia:

─ Hey mexicano, que haces.

─ Escribiendo idioteces.

─ ¿Sigue en pie, lo de la chica, tu y yo?

Un silencio se apoderó de mí.

─ Hey, contesta, sino quieres no. O sino se te antoja, podrías estar solo de mirón.

─ Ok, donde nos vemos.

─ ¿Tienes en dónde anotar?


Nunca antes en mí promiscua vida, había tenido la oportunidad de participar en un trío sexual. Mi sueño desde adolescente estaba por cumplirse. Cuantas veces me masturbé de joven imaginando 2 chicas tocándose, mientras yo, primero las veía acariciarse, para minutos después, unirme a la pequeña orgia.

La cita era un viejo, elegante y lujoso hostal, en la zona vieja de Santiago, el lugar se llamaba, “Hostal Reis Católicos”. Nuestra compañera, era una polaca, amiga de Celia, no era la gran cosa, estaba algo pasada de peso, pero tenía unas tetas hermosas y grandes, lindos ojos, color verde, era una simpática pecosa, de abundante cabellera pelirroja. No hablaba español, se comunicaba con Celia en alemán. No entendía nada, pero eso aumentaba mi libido. Compramos un par de botellas de tintos y un poco de queso. La polaca sacó de su bolsillo hachís y fumamos un poco. Después de la primera botella, Celia le dio un beso en la boca, la polaca respondió, su larga lengua polaca lamió el cuello de Celia. Enseguida Celia se llevó el dedo a su boca, lo ensalivó y lo introdujo en la vagina de la polaca. Mi excitación incrementó, la polaca fue a mi encuentro, desabrochó mi pantalón, Celia torpemente me quitaba los zapatos, la polaca se recostó por debajo de mis huevos y me dio suaves lengüeteos, Celia me besaba la boca. Ahora la polaca y Celia se besaban, y las dos se acariciaban los senos, se susurraban cosas al oído, se reían, me reía, todo era maravilloso y feliz. Mi cuerpo ardía de calentura. El hachís comenzaba a tener efectos en mi cabeza, todo se movía lentamente, los cuerpos se derretían, el desenfreno sexual nos había abrazado con frenesí. Metí mi pene circuncidado, tres, cuatro, cinco, seis veces, lo saqué y lo volví a enterrar en otro boquete, me corrí, ¿dónde? No lo sé. Después lo supe, y no había sido precisamente en el coño de Celia. Dormimos los tres hasta al medio día siguiente. Celia despertó con un humor insoportable. Algo le dijo a la polaca, ésta se vistió y se largó. Intenté dormitar unos minutos más, pero fue imposible, Celia me increpó diciéndome que si ya estaba contento de haber fornicado con su amiga.

─ Os hubieras visto, no dejabas de besar y tocar a Edyta, −hasta ahí supe el nombre de la polaca-. ¿No os son suficientes mis tetas y mi culo?, ¿por qué me haces esto? Vete a la mierda, no os quiero volver a ver. −Y extendió los insultos, esta vez más divertidos:

─ ¡Malditos mexicanos. ¿Acaso que se creen?... Os recuerdo que nosotros somos los civilizados, los con-quis-ta-do-res y vosotros los co-lo-ni-za-dos…. los jodidos indios!

─ Jaja, -reí sin parar, carcajadas brotaban desde el fondo de mi garganta-. Jajaja eres muy chistosa Celia, y sabes algo, ve a ver un doctor, no estás bien de la cabeza.

─ Pero por qué me haces esto, ¿no te gusto?

─ Deja de decir idioteces, tú fuiste la de la idea, por que me culpas, ¿y si tenía ganas de metérsela a la polaca, qué? ¿Apoco tu te quedaste con las manos cruzadas?

─ ¿Pero os gustó más ella?

─ Claro que no.

─ Y no me abandonarás, verdad.

─ Deja de pedirme esas cosas Celia, yo estoy aquí de paso. No puedo prometerte algo que no puedo cumplir.

─ Llévame contigo.

─ Tampoco tengo la respuesta a tu petición.

─ Por favor, yo te amo.

─ Deja de decir estupideces.

─ Eres un engreído, hijo de puta. –Y sino me agacho, me estrella un plato sobre mi cabeza.

─ ¡Celia, no hagas estupideces, que carajos te pasa!

─ ¡Lárgate de aquí, eres igual a todos, veteee!


Después de ese día, sabía que no debía ver más a Celia. Estaba loca, desorientada, perdida. Durante días, intentaba escribir, pero sin conseguirlo. Recordaba viejos amores, y una pregunta rondaba insistentemente, ¿cómo era posible que siempre me relacionara con este tipo de mujeres, atormentadas, inseguras, desequilibradas? ¿Por qué no me relacionaba con mujeres incontaminadas? Aunque a decir verdad, las había tenido, chicas listas, sencillas, cultas e inteligentes, pero tampoco dieron resultado. Que razón tiene el viejo de Philip Roth al escribir: “¡Que antinatural puedes ser la relación entre dos personas!”


Pasada una semana. Celia llego a mi casa.

─ Te invito al cine.

─ No gracias, estoy ocupado.

─ Bueno, a comer.

─ Ya comí.

─ Vine a pedirte una disculpa por mi actitud.

─ No hay problema Celia. Pero lo que menos necesito es esto.

─ Pero tú lo arruinaste.

─ Lo que tú digas Celia.

─ ¿Ósea que no te importo?

─ Joder… yo no hice nada, tu fuiste la de la idea, además te recuerdo que me aventaste un… -no me dejó terminar la palabra, se abalanzó sobre mis rodillas, bajó el cierre de mi pantalón, “estás loca, Celia, que intentas hacer”, pero ella seguía, poseída, enloquecida, sin importarle que nos encontrábamos fuera de mi casa, “levántate de ahí”, “quiero chapártelo” exclamó. Y otra vez caí vencido. -Odié mi vulnerabilidad y flaqueza-.

Las semanas, y los días siguientes fueron iguales: salíamos por ahí a comer, al cine, a caminar, a beber, nos encerrábamos en mi casa a tener sexo, algunas veces le leía, intentaba tranquilizar esa mente perturbada a través de algunas lecturas, de poesía, pero cuando todo parecía ir bien, una mecha se encendía dentro de su cabeza, y, enloquecía, ¡carajo! y vaya que enloquecía, se deschavetaba, me insultaba, me maldecía, se maldecía ella misma, arrojaba cosas…y después, no deja de lamentarse, de decirme cuanto lo sentía, me pedía perdón con lágrimas, llanto y toda la cosa. Esta era una mujer atormentada, caprichosa, necesitada de mucho afecto, y yo no tenia ni el tiempo, ni las ganas de lidiar como semejante paquete. Bueno no todo fue así. Hubo fines de semana tranquilos, normales. Uno de esos fines, me llevó a conocer algunos pueblos cercanos a Santiago, fuimos a Vilagarcía, un puerto gris, sin chiste, −es uno de los puertos principales por donde entra la mayor cantidad de cocaína a territorios españoles, y con un porcentaje altísimo de adictos- ahí Celia compró un poco de polvo, yo otro tanto de hachís, fuimos a la fría y sucia playa, yo me tiré sobre la granulada arena y fumé un poco, Celia bailoteaba algunos pasos de Muñeira, no lo hacía mal, solo que estaba muy drogada y no paraba, desnudó su torso y orgullosamente mostraba sus piloncillos al aire. Nuestro siguiente destino fue Caldas de Reis, donde su padre tenía cabañas en renta. Ahí pasamos nuestros mejores momentos, días soleados, agradables, ¡tranquilos!, ¡estables, sin pelear siquiera un minuto!, −creo que estoy exagerando, hubo altercados, pero esos cualquiera los tiene-. Esos “estupendos” días mi corazón se ablandó, mis buenos sentimientos salieron a flote, los había mantenido guardados durante meses; compasión y ternura, cariño y paciencia, es más, creo que, esos fines de semana llegué a considerar la posibilidad de deber amarla, de deber soportarla. Pero constantemente me preguntaba ¿Qué hacía con esa mujer? Sabía que los días estaban contados, no habría más de lo que fuera que teníamos entre Celia y yo.

Parte del carácter de mi joven amante, fue gracias a las comodidades, lujos y caprichos del padre. El padre había cambiado a su madre por una joven amante, y vivía en un constante remordimiento, intentaba lavar sus culpas concediéndole cualquier capricho a su rejega y única hija. Y ahí me encontraba yo, y ese yo, era un pobre diablo que se vino a Europa para librarse de viejos y enfermos amores, que se autoexilio en el viejo continente para pelear de tu a tu con su pasado, con sus demonios y, volver a empezar, o, por lo menos, intentarlo. Pero no, estaba volviendo a caer en el hoyo del que estaba intentando huir, estaba regresando a ese maldito círculo vicioso, al que todos caemos a la primera oportunidad presentada.


De regreso de Caldas de Reís, la perturbada cabeza de Celia volvió al ataque:

─ Presiento que te vas a ir, y me dejarás.

─ Celia nunca te he dicho que me quedaré. Vine a Europa sin ninguna expectativa, ni plan, pero créeme, que tener una relación es lo menos que necesito, por ahora.

─ ¿Y lo que tenemos, cómo se le llama Sr. Insensible?

─ Pues… no sé…es…una relación amistosa, sexual.

─ Bájate de mi coche, yaaaa, bájateee, lárgateeee… ¿que os crees? No entiendo nada, me has chupado, me haz follado, os he besado noches enteras, os he entregado todo, ¡¿por qué eres así, por que?! ¡¿Qué necesitas?! ¡¿Qué quieres?!

Intenté tranquilizarla, bajarme ahí, me iba a costar ca minar kilómetros hasta Santiago. Pero fue muy tarde, aventó mi maleta por la ventana de su alfa romeo, -rojo, dos plazas, clásico-, y bajo una tupida e incisiva lluvia, caminé y caminé y caminé. Ahí recordé a los peregrinos que durante todo el año, vienen a visitar estas tierras, con el fin de recorrer el famoso trayecto, que siglos antes caminó el apóstol Santiago.


Durante una semana Celia insistió en llamarme día, tarde y noche. Vino a buscarme un par de veces, pero no abrí la puerta. Hasta que se cansó. Unos días antes de irme de Santiago, recibí un mensaje de texto de Celia: “Mi madre ha muerto. La estaremos velando en el cementerio Boisaca, me encantaría que me acompañaras”. −Carajo, ¿cuándo podría deshacerme de esta mujer-? ¿Y si era un truco para volver a caer? ¿Alguien será capaz de mentir con tal irresponsabilidad? ¿Y si, si es verdad y la madre si “colgó los botines”? O mejor aun, ¿y si tiene preparada alguna coartada para matarme y enterrarme ahí mismo? Posiblemente en su inadaptada mente ha imaginado un trágico final para su “amante insensible” ¿O Celia será un karma que estaré cargando y pagando por el resto de mis días?


Pensé en la soledad de aquella alma desorientada. Que yo supiera no tenía grandes amigos, ni alguien en quien pudiera confiar. Una generosidad me embargó y acudí al cementerio. Al llegar, una atmósfera de indeferencia y frialdad embargaba aquella sala, no parecía que alguien hubiera muerto, se escuchaban murmullos por cada rincón, un grupo de jóvenes reían cautelosamente, dos señoras rezaban, otros más fingían solemnidad. Me deprimí estar en ese lugar, la sala estaba oscura, solo unos cirios alrededor del féretro daba un poco de luz, un pesado olor a flores en toda la habitación lo hacía mas insoportable. Caminé hacia la cabecera del féretro y ahí estaba ella, vestida totalmente de negro, un vestido entallado resaltaba sus nalgas, −lástima que arriba le hacía falta relleno- se veía hermosísima, como nunca antes, junto con ella estaba su padre y una mujer joven, −supongo que la amante-. Cuando me vio sus ojos color miel brillaron, sus manos envolvieron mi cuello, “sabía que vendrías, no sabes como os extrañe, vida”, -dijo. Al cabo de dos horas la sala se fue vaciando. El padre de Celia se acercó para decirle que iba a tomar una ducha y descansar un poco. En la sala solo quedábamos, Celia, su madre que yacía muerta, y yo. Un frío despiadado entumió todo mi espíritu. El silencio era aterrador. Celia dormitaba en mi hombro. Cuando despertó, me dijo que por más esfuerzo, no había podido llorar, “finjo sentirme mal y triste pero no lo consigo, solo me siento como si todo fuera un sueño y yo estoy flotando”, -dijo. No contesté nada. “¿Cuándo te vas?, preguntó, “Mañana”, -contesté. Besó mi cuello con una ternura desoladora. Tomó mis manos y las llevó a sus nalgas, después a sus tiernos y frágiles pechos. Besé sus labios. Ella levantó su vestido negro, bajó sus bragas, bajé la mitad mi pantalón, se montó sobre mí y la penetré lentamente, como ni nos amaramos, sus gemidos retumbaron en el cuarto funerario, nos miramos a los ojos mientras intensamente nos amábamos, dos animales desamparados amándose en una sala funeraria. Quise morir en ese instante, imaginé un lugar en el mismo ataúd de la madre, quizá a un costado y Celia al otro. Celia comenzó a llorar, sus ojos hundidos color miel se llenaron de lagrimas, me abrazo con fuerza, hice lo mismo. También mis ojos se inundaron de lágrimas, un nudo en mi garganta me atormentaba, quería llorar con fuerza, con arrojo. Pero no lo hice. Celia me dijo: “vete ahora… lo sabía, vete”. Y volvió a reiterar con un tono estremecedor: “lo sabía”. Quise decir algo, darle un último abrazo, no fue posible. Me retiré y caminé a través del oscuro panteón Boisaca, el aire era picante. Mi corazón ardía de angustia y de ira.