1 de marzo de 2009

Lo que queda de mí

Por: Igor Manuel Cruz Villatoro


En tu cumpleaños aunque

no lo hayas recibido.


Quiero contarte que estoy y he estado estos últimos años en el fango

Al principio vomitas y si vomitas te quedas con hambre

No tienes para comer, pero continuas adelante con el tiempo

Y más tarde tendrás que comer de tu propio vomito para no morir en el intento

No es una costumbre es una necesidad física

La compuerta se abrió y estoy en la decadencia más infame

En la que cualquier humano puede prescendir de ella por miedo al que dirán

Estoy lleno de mierda hasta la cabeza

Estoy abandonado

¿Y sabes?

No hay fondo en el vacío

Caes y caes y tu orgullo es un pedazo de papel en el que escupes y lo guardas en el bolsillo por si acaso

Vas contra todos y contra todo

La premisa no sé cuál es

Aunque te cueste la vida o una parte de tu cuerpo

o el alma

o algún miembro de la familia

o la mujer que amaste por tanto tiempo y siempre sabías que no te pertenecía

Quieres que te cuente desde el principio

o desde que me traicionó lo que creía más inofensivo

Ahora entiendo

tanto dolor

tanto sufrimiento

el llanto

La falta de cariño te convierte en una pared

En un pedazo de hierro

En un ser que pretende no sentir y no escuchar

y que sólo habla de estupideces que la gente que lo rodea quiere escuchar

Porque así ellos pretenden ser felices

Soy un infeliz personaje en esta jungla con rejas

En esta casa de locos en la que el extraño soy yo

En la que me exprimieron de los ojos la última canción

escrita de lágrimas

Pero ya no lloro

Solo escribo

No sé con que motivo pero escribo

Al final del día tiraré en las tiendas algunos poemas

Le cambiaré las flores a mi muerte

Me palparé el corazón y los recuerdos serán aquello de lo que jamás hay que hablar

(Por eso sueño que ella llora en secreto)

La noche me pertenece o acaso le pertenezco mientras duermo

Sueño con azules delfines y mi mente viaja lejos

más allá de lo que tú pudieras ver

Créeme he visto cosas llenas de terror

Infamias en las que ido creciendo

Las putas palabras que he aprendido

Y las que te echan a perder la línea de verso que pensaste

o una metáfora en tercera potencia

Y el de toda la culpa fuí yo

El único devoto fui yo

El único durmiente fui yo

El único que cree en mí soy yo

El único que se autodictó sentencia

El único equivocado

El cansado

El monstruo

El que fue o era indomable

El que no pide disculpas de ninguna especie

El que no vivió

El que sufrió porque así lo quiso

El que se ríe de todo

El que le duele el morir como a todos

El que deseó quedarse pobre

Sin música

Sin poesía y sin madre

Sin mujer

Sin perro (odio las mascotas)

El que reventaba sus venas en secreto

Las ideologías y la fe

El sin amigos

El sin hermanos

El que recreó la ceremonia de la caída

Y se quedó sin dinero

Y le ofreció su alma a la muerte

Al que se le caen los ojos al caminar en el agujero

con el insomnio adolorido

El que bebe y se autoflagela en el espejo

Fuí el que veía seres buenos donde no los había

Eran puros cerdos

Por eso afile mis sentidos

Mis manos

Mi olfato

Mi lengua

La mirada

Y ya no escucho más que lo simple de mis complejos

Tengo miedo

Pero el ya no poderme mover me deja a merced de lo que viene

Y la sinceridad se me resbala de los labios

Nunca pense en este decrecimiento

Pero aún así tengo que seguir

Aprendí de mis errores

Por ahora no hay camino

Pero mis letras fueron las alas que me hicieron volar

Hasta que la rutina como un relámpago las destrozó

En medio de una tormenta

Y grito cada vez que puedo

Y ladro cada vez que muerdo

Y fornico cada vez que la vaca trae a a su hermana

Y me masturbo

Y me deshago

Y así fue la historia de este tipo que rodó sin rumbo

Que tuvo por único maestro a la locura… y que tuvo que sobrevivir donde ya no había globos de cantolla.

IMAN

26 de febrero de 2009

Consejos para escribir una entrada.



Es de noche y parece no tener importancia la hora que es, ni el cansancio que muestra tu cara o bien la embriagues que sientes para no poder dormir, pareciera innecesario tratar de escribir algo para que alguien con aguda critica lo lea y piense que lo que está a punto de leer es una sarta de pendejadas. Así suelen ser las cosas que leemos, de las cuales poco podemos retener. Ahora en lugar de llegar a escribir en un diario, hay personas que escriben frente a sus computadoras, bailando sus dedos por un centenar de botones, haciendo como aquel juego del avión saltando de un lugar a otro. Todo ha cambiado, ya parece no ser necesario tener un tema, sino simplemente dejarse llevar por el azar de los dedos pulsando de una tecla a otra. Lo difícil es crear un texto sin contenido, algo vacio, que no te diga nada y que por innecesario que este sea, te veas obligado a leerlo, a llevarte por callejones de palabras que no t i e n e n s e n t i d o. Lo mejor es no leerlo, pasar y darse cuenta de que no tienes nada de que enterarte, que lo único que hará que leas esto es ver cómo pasa el tiempo mientras tus ojos van moviéndose silaba por silaba. Por eso no hay consejos para dejar de hacer lo que parece innecesario.


15 de febrero de 2009

Enfermedad crónica


Por: Rafaela Rentería


La penumbra impide que vea el color del sufrimiento, aquí ya nadie pide nada más de lo mínimo indispensable para estar vivo, aquí la esperanza se barrió con mucha agua transparente y nos mostró un áspero hueco en el pecho.


Arturo ya no quiso salir de casa y decidió mantenerse fumando mota se cree una extensión del cigarro después de que su novia se fuera con su ex.


Lorena fue directa al suicidio al no lograr perder veinte kilos.


El niño de cincuenta regresó al lecho materno luego de no entenderse con las mujeres.


Elena termino esquizofrénica recluida en una clínica después de amar apasionada.


La esperanza es una enfermedad crónica que opaca las escasas oportunidades de estar bien. Quien cree en ella esta condenado a hervir podridos deseos en los intestinos. Además nos lleva a intoxicarnos de cualquier sustancia para desconectarnos de la supuesta cordura de lo lógico para no querer saber nada de lo que sucede y como sucede. Los que no creen en ella están libres de engaños.


En realidad la esperanza es el berrinche adornado de los hombres.

9 de febrero de 2009

Adriana

Por: Salvador Munguía

Adriana era mejor conocida como La Pepina. Mujer robusta, mediana estatura, pies cortos, morena, de cabellos de estropajo, frente chica, ojos de chocho, nariz ancha, labios carnosos. Vivía en el último piso del edificio Allende. A un lado del edificio Rayón, lugar donde viví parte de mi niñez. La Pepina no tenía madre, fue criada y educada por su abuela, doña Mago, la del pozole. Yo era amigo de su primo Tony, un chiquillo gordo, chiqueado, fastidioso, malcriado, grosero, chillón y salvaje. Era su amigo, por tres motivos; por su sentido de generosidad hacía mí —me compartía parte del monto y me daba la confianza de administrar correctamente sus “domingos” que le regalaba su abuela y tíos—, me dejaba ver bañar a sus primas del DF cuando venían de visita, y contaba con los mejores juguetes del barrio —un par de videojuegos, un walkman contra el agua, wolkis tokis, espadas electrónicas, pero sin duda, lo mejor era la batería de su tío Silvio—.

Recuerdo ése sábado de gloria en que nos encontrábamos dentro del tinaco del edificio Allende, ahí estaba el Arañitas –su apodo venía por qué el viviendo en el tercer piso del edificio Guerrero, le daba por aventarse, una vez que sus padres comenzaban a discutir—, el Güichin, el Bofo, Whisken, el Güero, el Yayis, el Brujo, Tony y yo. Tony que de verdad era un niño insoportable, no dejaba de presumir su reproductor de música. El Guichin y el Arañitas tosiendo tras la primera fumada del cigarro que acababan de prender, por nuestra parte, ósea la mayoría, bebíamos las primeras caguamas. Al cabo de unas horas, y justo cuando estábamos por salir del tinaco, llegó la Pepina.

—No me invitan—, dijo ella.

—No empieces de puta Adriana—, contestó Tony.

—Lárgate de aquí, o le digo a mi abuela que ayer quemaste en la azotea a Yorch. —Yorch era el gato de la abuela, y que tanto estima le llegué a tener. Odié al maldito de Tony. De la mejor manera le pedí que se largara. Arremetió contra su prima.

—Pinche putilla. —Y agregó:

—Con razón te dicen la Pepina—. Un minuto después, se esfumó.

—Ahh con qué me dicen la Pepina—. Se hizo un silencio. Nadie respondía nada. Alguien tenía que dar la cara. Contesté en seco: —si, así te pusimos.

Ella rió y preguntó: — ¿quién vas por las otras? Yo invito.

Desde pequeño, siempre tuve carácter de líder, mi padre solía afirmar que de seguir así, llegaría a ser, o presidente de la república, o director de una importante empresa. Ninguna de las dos cosas sucedió. Lo cierto es que normalmente atendían a la mayoría de mis órdenes, así que le pedí a Whisken y el Bofo, que a la brevedad y sin contratiempos, fueran por las próximas caguamas.

Sus pesadas carnes entraron al estanque. Su figura desparramada envuelto en un vestido color blanco, lograba trasparentar sus enormes pezones color chocolate, del tamaño de los panes de Zinapécuaro. Desorbitados y excitados, veíamos frente a nuestros ojos los primeros pechos de una mujer de verdad, de —mucha— carne y —poco— hueso. Con algunos tragos encima, el clima dentro del tinaco comenzó a calentarse, la muchacha de hombros anchos y deformes, preguntó:

—Haber sí muy hombrecitos. ¿Quién será el primero que me dé un beso?

El Yayis que ya andaba medio pedo, contestó que él. Días después ya eran novios, con una diferencia de años, mientras que Adriana tenía 17, la mayoría de nosotros, incluyendo el Yayis, no rebasábamos los 12 años. A la semana siguiente, ya era la novia del Bofo. Pasaban algunos días, y el turno ahora era para el Brujo. Y así, hasta completar toda la lista de amigos. Nuestros padres no tardaron en prevenirnos de la susodicha. Recuerdo a mi madre advertirme:

—Ya escuchaste que a tu amiguito Whisken, lo encontró Don Rafa en el baldío con los pantalones abajo, y con la nieta de Doña Mago, la tal Adriana. Nomás que te vea ahí metido cabrón.

También el Arañitas que era el más tímido con las chicas, hacía alardes de haberse bañado en aquella tina color fierro, con la mencionada hembra. No sé en qué momento, comenzó un culto por la Pepina. La mayoría de mis amigos, no solo presumían y fanfarreaban, sino hasta se peleaban por estar con ella.

Una tarde lluviosa, donde era imposible jugar futbol, subí a buscar al gordo de Tony para que me invitara a darle batacazos a la batería de su tío. Afuera de su departamento, a la mitad de las escaleras, me encontré al Güero y al Brujo contando dinero. Uno al otro, se preguntaban: “¿Cuánto le cobraste?” “¿Cuánto te dio?” Y las respuestas eran casi las mismas: “solo me dio 20 varos la hija de la chingada”. “¿Y a ti?”...”me regalo el reloj de micky mouse de Tony, y 30 varitos.”

Al verme. Se asustaron un poco. Me vieron con recelo, ocultaban algo que ya me imaginaba. Pasé de largo y solo les dije:

— Quiubole putos.

Toqué el timbre tres veces. Me abrió Doña Mago. Ahí estaba ella, la Pepina, tirada como una morsa cansada, su cuerpo robusto ocupaba la mitad de la alfombra que cubría parte de la sala. Me miró sin hacerme mucho caso. No podía imaginar que tenía esa mujer tan espantosa, que era lo que causaba tanto alboroto entre mis amigos. Lo peor era que ése león marino, empezaba a convertirse en una obsesión, en un capricho. O mejor dicho, una sensación mixta: parte repulsión, parte atracción lasciva. Cómo era posible que todos mis amigos le hubieran metido mano, y yo —qué era el novio de Sandy, la niña más bonita de la unidad, y jefe de toda la palomilla— no.

Hay mucho de cierto, o todo, cuando dicen: “el que busca encuentra”. No solo iba a jugar mario-bros y a tocar la batería con él mata gatos de Tony, iba para ver a la Pepina. Pasados algunos minutos llegó mi hora, la esperada —en realidad eso de esperada es un decir, no lo estaba—. Atravesé la sala y me refugié en el cuarto del gordinflón de Tony, éste por su parte, chantajeaba y hacía berrinches a la pobre y buena de Doña Maguito. La Pepina fue tras de mi y se sentó a mi lado. Mientras tanto, yo le daba con bravura batacazos a la batería del tío Silvio. El engendro había decidido por fin, ir por el jefe, por el más valiente y viril. Me pidió que dejara de hacer escándalo, se acerco más y empezó a ensalivarme de manera chusca la oreja izquierda. Con voz seca y sin preámbulos, dijo:

— ¿Cuánto quieres si te dejas bajar los pantalones?

—No entiendo —contesté nervioso.

—Deja de hacerte pendejo, si ya sé a qué viniste.

—50 pesos está bien por el pantalón, —dije sin titubear.

—Todos son iguales. ¿Y por la playera y los calzones?

—Dame 100 por todo, los zapatos de fut de Tony…. y las baquetas de tu tío Silvio.

Enseguida mi cuerpo desnudo y frágil, estaba a merced del monstruo, que babeaba de placer.

No quiero que se me juzgue de vividor desde chiquito, ni mucho menos de pelafustán, pero tampoco podía postergar mi primera oportunidad. No haré una descripción detallada de los hechos. Agradable es lo menos que podría decir de aquella tarde de primavera. De poco sirvió mantener mis ojos bien cerrados, mientras ella introducía mi inexperto, casto, puro y apenado miembro viril entre sus piernas, para de ahí llegar al triangulo de las bermudas, que en nada se parecía a los que salían en las películas, que mas que triangulo parecía un salvaje potrero. Las imágenes llegan punzantes e incisivas, como olvidar sus malhechas, frías y aguadas nalgas, los grandotes panes de Zinapécuaro. Pero algo sumamente extraño ocurrió, cuando el acto carnal había concluido, tomó mi frágil cuerpo para repagárselo junto al de ella, de un lado a otro y con ritmos que solo ella escuchaba dentro de su cabeza, empezamos a danzar de manera tosca y chistosa, mi cabeza se encontraba justo entre sus enormes tetas, una posición parecida a un abrazo del oso, como me resultaba imposible mirar hacia otro lado que no fuera hacia abajo, mi mirada llegaba justo a sus grandes pies, lo que a continuación vi, fue surreal, aún no puedo precisar sí de verdad fue cierto, pero la Pepina tenía un dedo de más, un sexto dedo sobresalía del carnoso pie derecho, un dedo que parecía tener vida propia e independiente, que incluso, bailaba su propio ritmo, a go-go, o algo por el estilo. Un dedo poseído o drogado por un hongo alucinógeno.

Sin exagerar, hasta la fecha, algunos recuerdos invaden mi cabeza, causando repulsiones y escalofríos de vez en cuando, más sí el recuerdo, es el maldito dedo, su sexto dedo retorciéndose como loco. De algo estoy agradecido con la Pepina, me despertó las ganas para con Sandy, y las cosas que debía y no debía hacer. Pero esa es otra historia.

Algunos años después, quizá dos, la Pepina se fue con el peluquero, un hombre maduro, como 30 años mayor que ella. Quizá se canso de las mal cogidas con escuincles.

En fin, lo cierto es que a la Pepina, fue a la mujer, a la cual le entregue mi cuerpo, aun virgen, inmaculado y tierno. Por 100 miserables pesos. ¿Alguna da más?

….

En una noche de copas, perdí mi coche, o mejor dicho, no recordaba dónde lo había dejado. Tomé un taxi. El rostro del conductor me era familiar. Él me volteo a ver, y dijo:

— ¿Chava?

— ¿Arañitas?

—Él mismo, —contestó de manera tajante.

Antes de llegar a mi destino, nos acordamos de La Pepina, le pregunté cómo había sido posible, qué la mayoría de nuestros amigos de la infancia perdimos nuestra virginidad con ese manatí, y agregó algo que hasta la fecha me sirve de consuelo:

—Mi querido Chava, me he cogido peores, y me toca hasta pagar.

Nos despedimos, no sin antes cobrarme de manera desproporcionada la “dejada”. Nunca más supe de él