4 de enero de 2010

Good times


por: Gil Pizarro

La vida tiene acontecimientos inexplicables, pequeños baches que cambian el destino, o que simplemente marcan la dirección correcta en nuestro futuro. Parecen ser anomalías que necesitan ser interpretadas para tomar la dirección correcta o solamente para descubrir porque están ahí.


Dicen que olvidar es morir, yo tenía mucho tiempo pidiendo olvidar. Mi vida había dado varios vuelcos, ahora me encontraba sumergido en una rutina la cual había hecho que olvidara a todas las personas a mí alrededor. Olvidé de que se trataban las relaciones. Olvidé mi familia. Olvidé todo lo que alguna vez me interesó. Mi objetivo era trabajar, clavar mi trasero en una silla, resolver los problemas de la compañía, amenazar a la gente que no pagaba, obedecer a mi jefe sus inexplicables caprichos e indecisiones. Olvidé trivialidades. Me olvidé de mi cumpleaños, del tuyo, de navidad, de cada año.Olvidé decir que tenía hambre.Olvidé querer.


Me convertí en el zombi de rutinas diarias casa- trabajo-cantina-casa. Por mucho tiempo no me percate que ya ni siquiera soñaba, que realmente lo que había deseado antes se estaba convirtiendo en algo real. Ahora no solo era olvidar por reprimir, sino realmente una pérdida de memoria. Me di cuenta que ya no soñaba, todo parecía ser igual; el mismo día con distintos climas, la misma rutina, los mismo ruidos, el mismo auto esperando la luz verde, el mismo limpiaparabrisas, el mismo cigarro, la misma marca de refrescos, el mismo accidente, el mismo color rojo sobre el pavimento. Todo se convirtió en monotonía, los colores se disipaban y todo aparentaba estar en grises, no había destello alguno en esos días que pudiera sorprenderme. No recordaba siquiera porque había deseado olvidar y porque ahora me sumergía en una infinita monotonía. Las noticias también parecían repetitivas, de vez en cuando escuchaba los recados de mi madre en la contestadora diciendo que alguien preguntaba por mí, que mi abuelo se había mejorado, que tenía muchas ganas de verme, que irían a buscar ayuda para hacerme regresar. Todo esto era tan repetitivo, como para percatarse en qué consistía recordar, o qué demonios debía recordar. Ni siquiera me había dado cuenta que ya habían pasado dos años. No recordaba el sentimiento de separación, ni el sentirme independiente, todo eso desapareció. Me olvide del alcoholismo, del tabaquismo y de los antidepresivos, simplemente eran dieta rutinaria, nada que realmente necesitaba recordar.


Todo parecía seguir en su monótona sonata, hasta aquel día. Fue algo extraordinario dentro de lo ordinario. Jalé el despertador hacia mí para saber porque se había adelantado, era algo que nunca había ocurrido antes, ni siquiera era hora de despertar, los calmantes no dieron resultado esa noche. Intenté desconectar el despertador, cosa que nunca había hecho, me di cuenta que no era necesario. De golpe dejé caer mi cabeza sobre la almohada, ésta ya no parecía tan blanda como de costumbre, mi cerebro comenzó otra vez a recordar, recordar que las cosas no estaban como deberían estar, que alguna extraña anomalía había causado que mi despertador sonara antes, que mi almohada ocultaba algo debajo, que esto no era rutinario, que alguien estaba jugando con mi mundo de olvido. Al levantar la almohada, ella estaba ahí, recostada, como durmiendo, era una pistola, de esas llamadas escuadras, era hermosa. Era color plata con toques dorados, era algo sumamente extraño y no me preocupe en preguntarme qué hacia ahí. No supe si llevaba días, no me intereso indagar, simplemente estaba atónito. Algo tan hermoso no se había presentado nunca en mi cama.


Era hora de comenzar la rutina diaria, estaba listo para salir al trabajo y llevar conmigo el tesoro que había encontrado, la sumergí en el bolso más grande de mi saco. Durante mi viaje al trabajo, la saque varias veces para contemplarla, era como un niño que escondía algo, era mi secreto, la sacaba del bolsillo para admirarla. Algo increíble en una vida de olvido. Era fascinante ver mi reflejo en ella, ver su brillo.


Llegué a mi cubículo como siempre, tratando de no ver a nadie, evitando saludos, me senté y en el reflejo del monitor me di cuenta que no llevaba corbata, algo inusual, no lo sé, mi curiosidad aumentaba y sacaba del bolsillo el arma, la veía, la acariciaba y el tiempo se detenía al contemplarla. No la cuestionaba, no sabía porque había llegado a mí, no me cuestionaba nada. Parecía ser lo único que tenía color en aquel día. Estaba muy distraído, como nunca, o cómo no recordaba haber estado alguna vez. Deje pasar varias llamadas, lo que ocasionó que mi jefe me buscara. Cuando algo cambia el curso de la rutina es inevitable que alguien no lo noté.


Mi jefe llego al cubículo molesto como de costumbre, en su frente frotaba una vena que palpitaba con cada gruñido que salía de su boca. Logré comprender que necesitaba ir a su oficina, que quería hablar conmigo. De camino a su oficina, la incertidumbre comenzó a dar vueltas en mi cabeza, con mis dedos en el bolsillo tocaba el arma, ella era lo único que me conectaba con la realidad cuando mi mente flotaba en aquel vacío. Entré a su oficina y no pude verlo a los ojos, el arma palpitaba en el bolsillo, quería decirme algo, quería gritar. Cuando él giro hacia la ventana alzando la voz, vociferando la misión de la empresa, mi arma salió y le soltó un grito en la nuca. Fue un acto inesperado, cuando el sonido se disipó la acaricie y la oculte. Me retiré de su oficina como si nada hubiera pasado, decidí verme desobligado de ese trabajo, ya no tenía nada que hacer ahí, ya no tenía jefe. Salí del edificio, me dirigí al auto y no voltee nunca hacia atrás. Seguí la ruta acostumbrada, en los semáforos sacaba el arma y la colocaba en un asiento. Era como conversar con alguien, me recordó un amor de secundaria, me recordó la anestesia que viene después de un beso, la estupidez del enamoramiento, el querer a alguien incondicionalmente, la estabilidad, la felicidad, viajaba en el coche riéndome, le sonreía como cuando uno se ve en los ojos de otro, como si nos contáramos secretos tontos.


Llegué al bar más temprano que de costumbre, era una cantina solitaria por las mañanas. Pedí mi acostumbrada cerveza de barril, era demasiado temprano como para que hubiera alguien más bebiendo, ni siquiera estaba el barman habitual, esta vez estaba solo en ese espacio, solo en el exterior contradictoriamente a las veces que acudía y que estaba solo conmigo, mi olvido y mi cerveza. Tardé mucho en emborracharme, la luz del sol que se despedía entro por una ventana y apuntó a mi bolsillo, calentó mi arma. Fue todo mágico, el color del rayo de sol indicando donde estaba ella, como avisándole que tenía que despertar, y ella durmiendo en los adentros del bolsillo. No pensé ni si quiera en que alguien me buscaría, no me interesó. Salí de ese tugurio y rompí con la rutina, esta vez, ella decía que corriera, que escapáramos. Pasé dos semáforos sin detenerme, me sentía alegre, sentía la velocidad acelerando mi corazón. Por un momento me di cuenta que una patrulla me pedía que me detuviera. Era una de esas camionetas enormes. Después de unos minutos accedí y me obligaron a salir del auto, era una pareja de policías obesos, tan obesos que no les apetecía bajar a revisar, yo no era un tipo mal vestido pero mi apariencia decía mucho de mi estado económico, no parecía alguien de dinero, mi auto era un sedan económico gris. Me pidieron que me acercara, me preguntaron porque llevaba tanta prisa, solo conteste que no lo sabía. Uno de ellos me dijo que estaba preocupado por mí, mencionó que había muchos maniáticos en la ciudad, que debía andar con cuidado, que ellos estaban para protegernos, que le angustiaba portar esta enorme arma sabiendo que nuestra seguridad estaba en riesgo. Me intento convencer de sus buenas intenciones. Yo sabía que solo quería dinero. Que yo para él era indiferente. Saqué de mi bolsillo un billete y el oficial se ofendió, dijo que no se trataba de eso, que se trataba de mi seguridad. Metí mi mano al otro bolsillo, y en un juego de velocidad apunta-dispara, una bala entro en su ojo izquierdo, su pareja quedo boquiabierta, el tiempo se detuvo y otro disparo sonó, esta vez entró en la mejilla del acompañante. Todo sucedió tan rápido, en una ciudad repleta de accidentes, donde un sonido en el aire hace eco toda la noche, donde sonidos como esos son tan comunes como el maullar de los gatos. Me aparté de la camioneta. Caminé a mi auto, vi que aun salía humo de la patrulla.


Conduje de regreso a casa, al departamento del cuarto-estudio, de la cocina closet, de la vista al parque industrial. Saqué lo que quedaba de un whisky, y comencé una plática con mi pistola, era de esas platicas donde uno habla de ilusiones, del futuro. Le hablaba de lo enamorado que estaba de ella, de cómo me sentía al tenerla, de la felicidad que llegó de improviso a mi vida, de esa mañana que la vi acostada junto a mí, de esa mañana que me hizo recordar los días en que abrazaba el sueño. Alagué su hermosa voz, su cuerpo, sus rasgos perfectos, la acariciaba lentamente, la quería y simplemente decidí hundirme en uno de sus besos.

4 comentarios:

Inmoral dijo...

Gil, has encontrado a una verdadera amiga, que además te defenderá de todos aquellos que te parezcan raros...

Salvador Munguía dijo...

"Dicen que olvidar es morir, yo tenía mucho tiempo pidiendo olvidar"...una frase devastadora en tiempos de incertidumbre...que llegue el 2012 por favor...esta perro el texto, hasta que te pusiste a escribir cabrón.

Anónimo dijo...

Muy buen texto mi Gil, buen personaje y su forma de ver las cosas, me gustaria leer mas seguido cosas tuyas, munguia tu tambien escribes chido no te pongas celoso, jajaja.
saludos

BMAX

Liliana dijo...

Chido por el texto Gil, ayúdanos a salir de la rutina escribiendo más seguido.;)